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Puntos - Martes 24 de Abril


"no el mucho saber harta y satisface el alma,
sino el sentir y gustar de las cosas internamente". [EE 2]

Evangelio según San Juan 10,11-18. 
Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas.  El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.  Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.  Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí  -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.  Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.  El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.  Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre". 



"pero cuando es DIOS el que ama ¿de qué no es capaz el amor?" (R. Guardini).



Preparación de la oración:
·         Busco un lugar cómodo y tranquilo. Trato de recordar qué lugar me había funcionado mejor, o qué postura corporal.
·         Quietud, ése silencio del cuerpo. Vamos a oración a hablar con Dios, pero sobre todo a escucharlo. Concentrarse en el cuerpo, hacerme consciente de él, de todos los movimientos involuntarios que aparecen cuando intento quedarme quieto.
·         Silencio interior, haber intentado permanecer quietos por unos minutos ya ha favorecido bastante el silencio interior. Nos obliga a conectarnos con nuestro cuerpo. Ahora toca terminar la tarea intentando dejar quieta nuestra mente.
·         Hemos apagado los destellos de nuestro cuerpo y mente. Un silencio de oscuridad nos permite concentrarnos en la presencia de Dios. Dejamos crecer esa luz dentro nuestro, el sentimiento de presencia, de cercanía.

Petición:
·         Comienzo con una oración.
·         Será aquí pedir la gracia de conocerme a mí y conocer a Dios. “Señor, que me conozca, que te conozca”.

Meditación:

Lo primero que ha de saltar a la vista de nuestro corazón es que Dios nos conoce. Es una verdad evidente, pero profunda y llena de implicancias. Toda la vida tardaremos en aceptar lo que Dios ha visto, de una vez. Nos ha visto a nosotros. Este conocimiento de Dios es un conocimiento de amor. No nos conoce con indiferencia, sino con verdadera predilección. De hecho, podríamos decir que “conocer” a la manera de Dios es como contemplar. Es sentirse conmovido por la presencia. Y tanto se conmueve, que en todo obra a nuestro favor. Y tanto obra a nuestro favor, que se determinó a hacerse hombre. A humana y verdaderamente entregar su vida por nosotros, a quienes conoció y amó desde el principio. Y esta entrega sería absurda si terminase en la cruz. Un acto sentimental, quizás, pero sin sentido. Un suicidio de Dios. Pero no lo es. La entrega se completa, adquiere todo su sentido en la resurrección. La entrega es resurrección.

Lo segundo que veremos, es que “sus ovejas” le conocen. ¿Cómo conocemos nosotros a Dios? ¿Cuánto de Dios sabemos, pero no amamos? ¿Cuánto de Dios sabemos o amamos, pero no convertimos en entrega? ¿A cuántas cosas nos entregamos, incluso las buenas y legítimas, pero no por amor de Dios? ¿Cuántas cosas, incluso las buenas, cumplimos por costumbre, por mandato, por convicción (de ideas), pero no por amor? ¿A cuánto estaríamos dispuestos por amor a Jesús, si nos faltasen el auxilio de las ideas, de los mandatos y de las costumbres?  No conocemos a Dios como las ovejas conocen a su pastor. Dios se hizo hombre para que el hombre le conozca. Hay una intimidad entre a quien queremos conocer y nosotros que conocemos. La oveja no se hace más oveja por conocer a su pastor, el hombre se humaniza por conocer a Dios que se hizo hombre.

Antes de terminar la oración, hago un coloquio (converso internamente) con Dios, trayendo a la  vista la petición.

Termino dando gracias por lo recibido, de lo que aproveché, y de lo que dejé pasar.

Examen de la oración:
·         El examen de la oración es una parte tan importante como la oración misma. También aquí actúa el espíritu con mociones.
·         Es necesario “cambiar de aire”. A veces se recomienda distraerse un poco antes de hacer el examen. La idea es volver a mirar lo meditado desde otro ángulo.
·         ¿Cómo me sentí en la oración? ¿Bien? ¿Mal? ¿Cómodo? ¿Incómodo? ¿Distraído? Empezar con ideas simples.
·         Pensar en cómo estaba antes de la oración, y cómo me encuentro después. ¿Estoy más tranquilo? ¿Más alegre? ¿Encontré paz? ¿Soy más sensible y sereno ante los demás?
·         En qué cosas, durante la oración, de las que pensé o sentí, me trajeron paz, confianza, alegría, serenidad. Y cuáles lo contrario. Las anoto.
·        Escribo una pequeña frase para recordar lo recibido en esta oración. Pequeña es pequeña. 


Preparando el corazón para la pascua (3º dia)

Ejercicios espirituales abiertos en el Salvador.

Rezar en los momentos de crisis
Se olvida su madre de su criatura,
no se compadece del hijo de sus entrañas?
Pero aunque ella lo olvide,
yo nunca, yo no te olvidaré. (Is. 49,15)
Todos experimentamos momentos de caos y cri­sis. La pérdida, la muerte, la enfermedad, la de­silusión, el dolor, la soledad, el odio, los celos, la obsesión, el miedo: todos invaden nuestras vidas y con frecuencia nos hallamos agobiados por la oscuridad en la que nos sumen.
¿Qué podemos hacer frente a ellos? ¿Cómo podemos salir del caos oscuro en el que nos hunden?
La respuesta más sencilla, por supuesto, es la oración. Pero dicha respuesta se da en forma demasiado simplista. Todos hemos escuchado frases, tan ciertas en sí mismas, como: "¡Pide a Dios por eso! ¡Acude a la Iglesia! ¡Encomiéndate a Dios, Dios te ayudará!"
Sólo puedo hablar por mí mismo, aunque sospecho que mi experiencia se repite en otros casos, y he hallado con frecuencia que, cuando intento rezar en un momento de profundo dolor no encuentro consuelo y, en ocasiones, acabo más deprimido más inmerso en el caos y más obsesivamente preocupado por mi mismo que antes de rezar.
Con frecuencia acabo opacando la oración por mi pro­pio narcisismo.
Por lo general, cuando intentamos rezar en medio del dolor la oración no suele erradicar nuestro dolor y narcisismo, sino que acaba haciendo que éstos se arraiguen aún más en la autocompasión, la preocupación por nosotros mismos y la os­curidad.
Acabamos alejando aún más al Espíritu de Dios y entregándonos en cambio, al pánico, el temor, el caos, la obsesión, el resentimiento y la falta de perdón, en una palabra, a una pos­tura egocéntrica, y no de oración.
¿ Por qué? ¿ Dios no desea ayudarnos? ¿ Es simplemente una cuestión de paciencia? Dios acabará ayudándonos, ¿pero no aún?
Dios siempre desea ayudarnos y, sí, debemos ser pa­cientes, pues curar lleva su tiempo. Pero hay más cosas involu­cradas en dicho proceso. Cuando rezamos y nuestras plegarias no nos son de ayuda, lo que ocurre es que estamos rezando en forma errónea. He aprendido esto dolorosamente luego de años de cometer los mismos errores.
La oración es un centrarse en Dios, no en nosotros mismos. El problema es que cuando estamos heridos u obse­sionados, sólo podemos pensar en una cosa: en el objeto de nuestro dolor o en nuestra pérdida. Dicha concentración nos deprime, nos hace centrar tanto en una cosa que perdemos to­da libertad emocional para reflexionar o disfrutar otras cosas. La depresión es una sobreconcentración.
Por esta razón, cada vez que quedamos atrapados en la depresión, es importante que nuestra plegaria se centre comple­tamente en Dios y no en nosotros mismos.
En nuestra oración, tenderemos naturalmente a enfo­carnos y reflexionar sobre nuestro problema y acabaremos así hundiéndonos más en nuestro propio sufrimiento.
En lugar de liberarnos del sentido de pérdida y obse­sión, profundizaremos aún más la herida, haremos más fuerte el dolor y la depresión aún más paralizante.
En medio de una crisis, debemos forzarnos por centrar nuestra oración en Dios, en Jesús o en algún aspecto de su misterio sagrado, y resistir esa urgencia por enfocar dicho encuentro en nuestra experiencia dolorosa.
Permítanme ilustrar esto con un ejemplo: imaginemos que hemos perdido a un ser muy querido. Heridos, incapaces de pensar en cualquier otra cosa, recurrimos a la oración. De inmediato la tentación nos hará concentrarnos en nuestro propio corazón, en nuestra obsesión. Intentaremos hablar de lo que nos ha sucedido, por más sinceramente que lo hagamos. Pero el resultado será desastroso. Nos hallaremos más centrados en aquello de lo que deseábamos liberarnos, Nuestra depresión se intensificará, Por el contrario, si nos esforzamos, lo cual será extre­madamente difícil, en concentrarnos en Dios -por ejemplo, en cómo se revela a sí mismo en algún misterio de la vida de Cristo, traspasaremos nuestra depresión. Experimentaremos a Dios, lenta pero sutilmente, expandiendo el alcance de nuestro corazón y de nuestra mente. Con ello sobrevendrá un relajamiento y una liberación emocional.
Cuando un niño que se ha lastimado es tomado en brazos de su madre, adquiere tanta fuerza de la presencia misma de su madre que su propia herida se vuelve insignificante. Lo que ocurre con nosotros cuando nuestra gran Madre Dios nos toma en brazos. Nuestra crisis pronto se aplaca y adquiere una perspectiva de paz, no porque desaparece, sino porque la presencia de Dios la eclipsa.
Pero esto significa que debemos confiarnos en los brazos de Dios. Al igual que el niño herido, debemos centrarnos en la madre, no en nosotros mismos. Concretamente esto significa que en nuestra oración frente a una crisis, debemos negarnos a pensar en nosotros mismos, debemos negarnos a asociar el misterio sobre el que meditamos con nosotros mismos y nuestra herida. Al igual que un niño, debemos simplemente contentarnos con sentarnos sobre el regazo y ser abrazados por nuestra madre.
Será difícil, muy difícil, lograr esto. Al principio, todas nuestras emociones reclamarán que volvamos a enfocarnos en nuestro dolor. Pero allí está la clave, ¡no debemos hacerlo!
No nos sumamos más profundamente en el dolor bajo la forma de la oración. Centrémonos en Dios. Entonces, como un niño que solloza en el regazo de su madre, en silencio, podremos nutrimos de aquello que nos alimenta y trae paz.
En el seno de Dios, bebemos el Espíritu Santo, la miel de la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la benignidad, la tolerancia, la fe, la castidad, la esperanza y la fidelidad. En dicho sustento radica la paz.
Salmo 130

Mi corazón no es ambicioso, Señor, ni mis ojos altaneros.
No pretendo grandezas que superan mi capacidad.
No, yo aplaco y modero mis deseos,
Como un niño tranquilo en brazos de su madre,
Así esta mi alma dentro de mí.
Espere Israel en el Señor, desde ahora y para siempre.

Preparando el corazón para la pascua (2º dia)

Seguimos compartiendo el material de los Ejercicios abiertos en el Salvador.

1) PRESENCIA DE DIOS: antes de comenzar la meditación tengo que tomarme todo el tiempo necesario para sentirme en la presencia de Dios. Sentir que Él está allí y que yo estoy delante de Él; que quiere escucharme y que me quiere hablar.

2) PETICIÓN: es importante saber que es lo que vamos a buscar en esta meditación. La meditación nos orienta para eso, saber a dónde voy y a qué, qué es lo que quiero conseguir. La petición para esta oración será:

“Conocimiento interno de Dios para más amarle y seguirle”

3) PUNTOS PARA LA MEDITACIÓN:

Tras el paso de Jesús por nuestra his­toria caben ante Él dos posturas en el ámbito creyente: “Dios es así o Jesús es un blasfemo”. Fuera de la fe se podrá concluir, como Herodes y Pilatos, que era un loco o un peligro político o uno de tantos fracasados bienintencionados de la historia humana. Pero en el ámbito creyente, la pregunta y el dilema que nos deja Jesús es otro: ¿era un blasfemo imperdonable o era la revelación misma de Dios? De modo que si Jesús era así es porque revelaba a Dios y revelaba que Dios es un Dios de los pobres y que se escapa a todo intento de codificarlo religiosamente.
En efecto, toda la revelación de Dios es una especie de lucha con el hombre para que éste le acepte allí donde Dios quiere revelarse: en lo último y en lo escondido, desde lo último y entre los últimos. Una preciosa frase de la tradición ignaciana explica que “lo propio de Dios es que lo más grande que haya no puede contenerlo, mientras que cabe en lo más pequeño". Esta frase traduce con precisión y acierto lo desconcertante de la revelación de Dios en Jesús. Mil detalles de la narración evangélica, desde el pesebre hasta la cruz, señalarían en esa dirección. Pero, a pesar de esa revelación, el ser humano sigue buscando a Dios en aque­llo que es lo primero, lo más grande, des­lumbrante y avasallador.
Dios se revela en el amor y el hombre se empeña en buscarle en el poder. Poner al día nues­tra fe ha de comenzar por aceptar esto tan difícil «tan absurdo para unos y tan escandaloso para otros» (cf. 1 Cor 1,18), Porque, si confesamos a Jesús como la revelación ("La Palabra") máxima de Dios, ¿qué nos dicen los evangelios so­bre la Palabra de Dios hecha carne? Basten unas pinceladas rápidas,

- No tuvo un linaje "inmaculado" (en su genealogía, tal como la cuenta Mateo, hay dos prostitutas y un adulte­rio). Nació de una manera sospechosa: "de padre desconocido" diríamos hoy. Eso será leído luego, desde la fe en Jesús, como "nacimiento virginal". Pero los de fuera no lo leyeron así: los judíos le acusan una vez diciéndole «nosotros no somos hijos bastardos» -Jn 8,41-; y Marcos comenta ingenuamente en su ca­pítulo 6 cómo le llamaban «el hijo de María» cuando, entre los judíos, sólo se designaba a alguien por el nombre de la madre cuando no se conocía al padre. Pero sigamos con Jesús.

-Vino al mundo en un establo por­que no había otro lugar para Él. Se acer­caron a él gentes de dos gremios des­preciados: los pastores no eran esas figuritas edulcoradas de nuestros pesebres sino una de las profesiones más des­preciadas. Y los "magos" que, además de ser extranjeros y paganos, tenían un oficio que Israel castigaba incluso con la muerte. Nosotros les hemos llamado "reyes" para disimular, pero eso no lo di­ce el evangelio: con ello estamos di­ciendo sin querer que recibiremos a Dios si viene a nosotros como un jeque árabe o como un Gadaffi con su séquito; pero no si viene en un paria indú o un pobre musulmán...

-Vive la mayor parte de su vida en un pueblo miserable y desconocido, del que las gentes del entorno comentaban que no podía salir nada bueno (Jn 1,46). Comienza su vida activa en la fila de los pecadores, alineado como uno más jun­to a ellos para ser bautizado por Juan. Muy desde el principio nos dirá Marcos que hubo tres reacciones frente a Él: el pueblo sencillo le seguía y llenaba su ca­sa; "los suyos" venían a recogerlo por­que creían que estaba loco; y los sabios y letrados dictaminan que está endemo­niado y que esta es la explicación del éxito que comienza a tener (Mc 3, 21- 22). Más tarde, incluso ese mismo pue­blo le irá dejando porque no le busca a Él en realidad, sino las ventajas inme­diatas que de él puede sacar (Jn 6,26); entonces se le desautoriza como «amigo de pecadores y prostitutas» (cf. Mt 11,9).

- También las comidas de Jesús, en marcado contraste con la práctica de los banquetes casi públicos de la sociedad judía de su tiempo, tiene lugar con gente “de mal vivir”. Cuando a Jesús se le tacha de “comilón y bebedor” no es por el hecho de comer o beber demasiado, sino porque lo hace con “publicanos y pecadores” (Mt 11,19; Mc 2,16). La rabia que esto generaba es, precisamente, la que parece dar lugar a las parábolas de la misericordia ( ej. Cfr. Lc.15,1( Hijo pródigo))

- Al final, los mismos "representan­tes de Dios", los sentados en la cátedra de Moisés, le declaran blasfemo, y los representantes de la civilización y de la paz romana le declaran terrorista. «Aquel impostor» (Mt 27,63) lo definen los representantes oficiales de la ley de Dios ante el poder político. Y por eso muere violentamente, a mano de los po­deres políticos y religiosos, con la más humillante de las muertes conocidas en­tonces y afuera de la ciudad"[1].

Son demasiados rasgos, que trazan un perfil inconfundible. Por eso es tan raro que poco después se creyera en Él ¡como la revelación de Dios! Y que se le siguiera con una radicalidad tal que fue capaz de superar la oposición de los tres grandes poderes de la época: el político del imperio romano, el religioso del sa­nedrín judío y el cultural de la sabiduría griega. Raro es que así se creyera entonces, y aún más raro que así sigan creyendo muchos, todavía hoy. Lo único "comprensible", en todo caso, es que ta­maño escándalo tratemos de adulterarlo nosotros vistiéndole de rey, y proyectando sobre Él nuestra falsa idea de Dios, en lugar de dejar que se revele en Él ese Dios a quien no esperábamos ... Porque si no, ¿a dónde nos lleva semejante re­velación de Dios?.


Conclusión: la revolución en la idea de Dios
¿A donde puede llevamos? Pues a cons­tatar que, decididamente, Dios «no es de los nuestros, no se comporta como nosotros». Mateo, al inicio de su sermón del monte nos viene a decir que, quienes no estamos en situación de exclusión (pobres, hambrientos, sufridos, perseguidos e incomprendidos), sólo tenemos un camino de acercamos a Dios: la misericordia, el hambre de jus­ticia y la opción radical por los pobres, que pueden acarrearos también la per­secución. Este es el sentido de las bien­aventuranzas de Mateo.
La gran tentación es pensar que el problema del rechazo de Dios es cosa sólo de los ate­os socialistas y demás. No nos damos cuenta de que, a lo mejor, quienes pre­sumimos de «dejarle predicar en nues­tras casas y sentarle a nuestras mesas» (Le l3,26), lo estamos rechazando tanto como los que no creen en Él. San Juan no pudo decirlo más claramente: no só­lo que el mundo no le conoció, sino tam­bién que "los suyos" no le recibieron (1,10-11).


¿Las palabras y gestos de Jesús conservan para mi la fuerza del escándalo o logré domesticar su exigencias al punto que no son desafío para mi?
¿Cómo puedo desde mi realidad concreta imitar la pobreza y la humillación que Jesús eligió para manifestarse?
¿Cómo se presenta la cruz en mi vida? ¿La acepto, la busco?
¿Qué mecanismos de defensa ( excusas ) utilizo para neutralizar el desafío que me lanza el modo de proceder de Jesús?

4) COLOQUIO:
Un coloquio a Nuestra Señora para me alcance gracia de su Hijo y Señor, para que yo sea recibido bajo su bandera, y primero en suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuera servido y me quisiere elegir y recibir, no menos en la pobreza actual; segundo, en pasar oprobios e injurias por imitarle más en ellas, con tal de que las pueda pasar sin pecado de ninguna persona y sin desagradar a su divina majestad después decir un Avemaría
Segundo coloquio: Pedir otro tanto al Hijo, para que me lo alcance del Padre, y después decir un Alma de Cristo
Tercer coloquio: Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir un Padrenuestro. (EE.147)

Alma de Cristo santifícame
Cuerpo de Cristo, sálvame
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte llámame
Y mándame ir a Ti,
Para que con tus santos Te alabe
Por los siglos. Amen

[1] Lo cual en Hbr. 13,11-13 no es sólo una indicación geográfica, sino una ligera ironía de tipo social: muere fuera de nuestra civilización, como excluido y marginal.

Preparando el corazón para la Pascua

Ejercicios Espirituales Abiertos CUARESMA 2010

1) PRESENCIA DE DIOS: antes de comenzar la meditación tengo que tomarme todo el tiempo necesario para sentirme en la presencia de Dios. Sentir que Él está allí y que yo estoy delante de Él; que quiere escucharme y que me quiere hablar.

2) PETICIÓN: es importante saber que es lo que vamos a buscar en esta meditación. La meditación nos orienta para eso, saber a dónde voy y a qué, qué es lo que quiero conseguir. La petición para esta oración será:

“Conocimiento interno de Dios para más amarle y servirle”

3) PUNTOS PARA LA MEDITACIÓN:
Un Dios no violento que suscribe la justicia y la paz

Partamos de la idea de que la manera como concebimos a Dios tiñe de un tono particular nuestra manera de concebir todas las otras cosas, especialmente la justicia y la paz y los caminos que llevan a éstas. Si concebimos a Dios como un ser violento, por más redentora que imaginemos su violencia, también concebiremos un camino que lleva a la justicia y la paz pasando por la violencia. Es triste que esto suceda muchas ve­ces, tanto en los círculos seculares como en los religiosos. De­masiado a menudo pensamos en Dios como alguien que usaría la violencia para derrocar el mal y producir la justicia y la paz. Concebimos a Dios como una fuerza de violencia redentora.
¿Qué es una violencia redentora? Es lo que sucede en el fin de una película, una novela o una canción, cuando el hé­roe consigue finalmente derrotar al matón que ha tenido aterro­rizados a todos. Hemos visto en incontables películas, libros y canciones cómo funciona la violencia redentora. Un grupo de personas buenas vive aterrorizada por un hombre violento. Entre los buenos hay un individuo bueno (se trata siempre de un hombre, porque el poder muscular será, en último término, la fuerza redentora) que es más fuerte que el matón. Él será el hé­roe cuando llegue el momento, y salvará la situación. Sentimos que será así puesto que sabemos que, en última instancia, él es más fuerte que el matón. Por el momento, el matón sigue en su mal camino e incluso intensifica su campaña contra la gente buena. Presiente la existencia del bueno que finalmente lo ven­cerá y se deleita particularmente en ejecutar acciones que lo hu­millan. El hombre bueno no le devuelve su violencia, pese a la impaciencia que nos carcome y nuestra furia cada vez mayor. Acepta tranquilamente la agresión, porque todavía no ha llega­do su momento.
Por último, la historia llega al punto decisivo. El ma­tón acorrala al héroe, que ahora no tiene elección: o pelea o muere. Entonces tiene lugar la redención. El héroe, empujado más allá del límite, se quita la chaqueta, se arremanga la camisa y le pega al matón, hasta matarlo. Las lágrimas suben a nuestros ojos porque estamos viendo cómo, por fin, se hace justicia. Se ha aplastado el mal y se ha vindicado el bien.
No nos detenemos a pensar que en realidad, lo que ha sucedido es que el bien ha resultado ser más violento que el mal.
No nos damos cuenta que nuestro buen héroe empezó como la Madre Teresa y terminó como Rambo o Batman. No conseguimos ver que el final de esta historia de redención es radicalmente lo opuesto a la historia de Jesús. Cuando Jesús es finalmente acorralado y la opción que lo enfrenta es pelear o morir (" ¡Si eres el hijo de Dios, baja de esa cruz! "), Él, a diferencia de nuestros héroes míticos, elige morir.
Debemos tener cuidado, especialmente cuando nos proponemos crear la justicia y la paz, de no confundir la historia cristiana de la redención con el mito de la violencia redentora. Debemos intentar producir la justicia y la paz del modo como lo hizo Jesús, reconociendo que el Dios a quien Jesús llamó' "Padre" no trompea a nadie. No vence a los malos ni reivindica a los buenos por medio del poder superior de su musculatura, su rapidez de reacción o su puntería con las armas. En los Evangelios , a Jesús se lo describe como un personaje poderoso más que nadie con quien la multitud se haya encontrado antes, sin embargo, la palabra que se usa para describir el poder de Jesús, exousía (una palabra griega) no se refiere al poder de la musculatura, la rigidez, ni siquiera una gracia y brillo extraordinarios . Se refiere a algo para lo cual en nuestro idioma no tenemos una traducción fácil. ¿ Qué es exousía? ¿Cual es el poder de Jesús? ¿Cómo va a traer últimamente la justicia y la paz?
Una vez se le pidió a Daniel Berrigan que diera una conferencia para estudiantes universitarios. El tema que se le asignó era algo como "La presencia de Dios en nuestro mundo actual". Su conferencia, sospecho, sorprendió a muchas de las personas que integraban su audiencia, tanto por su brevedad co­mo por su contenido. Simplemente les contó cómo él, cuando trabajaba en un hospicio para enfermos terminales, todas las se­manas pasaba algún tiempo sentado en la cama de un muchacho joven, física y mentalmente incapacitado. El muchacho lo único que podía hacer era estar acostado en su cama. No podía hablar ni comunicarse con su cuerpo o de alguna otra manera con la gente que entraba en su habitación. Permanecía mudo, impo­tente, aparentemente aislado de toda posibilidad de comunica­ción con el mundo exterior, Berrigan contó como él se sentaba regularmente junto a aquel joven, intentando escuchar lo que estaba diciendo en su silencio e impotencia.
Después Berrigan agregó otro punto: la manera como ese joven está en nuestro mundo, mudo e impotente, es idénti­ca a la manera como Dios está en el mundo. Para escuchar lo que Dios está diciendo debemos aprender a escuchar qué está diciendo aquel joven. Esta imagen es muy potente y extremada­mente útil para entender el poder de Dios en el mundo y cómo Dios se manifiesta. No se pelea con nadie o con nada. Está allí, mudo, en la base moral y espiritual de las cosas. No combate con sus músculos, su atracción, su brillo o su gracia, como lo hace el músculo y la rapidez de movimientos del atleta olímpico, o con la belleza de la estrella joven de Hollywood, o con el discurso y la retórica convincente del autor o el orador brillante.
Estas cosas, la musculatura, la rapidez, la belleza, el brillo, la gracia, reflejan la gloria de Dios, pero ésa no es la principal manera que tiene Dios de mostrar su poder en el mundo. El poder de Dios en el mundo tiene un aspecto muy diferente y se lo siente de otro modo.
¿Qué aspecto tiene el poder de Dios? ¿Cómo se siente la manera como Dios debe sentirse muy a menudo en el mundo?


• Si alguna vez has sido sometido físicamente y te has sentido impotente, si alguna vez alguien te ha gol­peado o abofeteado y te has sentido incapaz de defender­te o de devolver la agresión, entonces tú te has sentido co­mo Dios se siente en el mundo.

• Si alguna vez has tenido un sueño y descubierto que todos tus esfuerzos son inútiles y que nunca podrás convertir tu sueño en realidad, si has llorado y te has sen­tido avergonzado de tu incapacidad para defenderte y res­ponder al ataque, entonces tú te has sentido como Dios se siente en el mundo.

• Si alguna vez has debido avergonzarte de tu en­tusiasmo y no has tenido oportunidades para explicarte, si alguna vez alguien que no ha comprendido tus motivacio­nes te ha maldecido por tu bondad y tú fuiste impotente para hacerle ver las cosas a tu manera, entonces te has sen­tido como Dios se siente en el mundo.

• Si alguna vez has querido aparecer atractivo frente a alguien y fuiste incapaz de hacerlo, si alguna vez has querido a alguien y has querido desesperadamente en­contrar alguna manera de ser reconocido por esa persona, y te ha descubierto totalmente incapaz de hacer nada al respecto, entonces tú te has sentido como Dios se siente en el mundo.

* Si alguna vez has sentido que estás envejeciendo y que pierdes tanto la salud como la energía de un cuerpo joven y las oportunidades que éste puede ofrecerte, sin­tiendo que es imposible invertir el curso del tiempo; si al­guna vez has sentido que el mundo se te va de las manos a medida que vas envejeciendo y sabes que cada vez serás más marginado, entonces tú te has sentido como Dios se siente en el mundo.

• Y si alguna vez has sentido que perteneces a una minoría, que estás solo frente a la histeria de la multitud enloquecida; si alguna vez has sentido, de primera mano, la maldad enferma de un abuso grupal, en ese momento te has sentido como Dios se siente en el mundo ... y como se sintió Jesús el Viernes Santo.
Dios nunca se impone a nadie por la fuerza bruta de su poder en este mundo. El poder de Dios en este mundo nunca es el poder del músculo, la rapidez, la atracción física, el brillo o una gracia que encandila a la gente y la obliga a reconocer a gri­tos: "Sí, sí. ¡Aquí tienen un Dios!" El poder del mundo intenta actuar de esa manera. El poder de Dios, sin embargo, es más mudo, más impotente, más avergonzado, más marginado. Actúa en un nivel más hondo, en la base última de las cosas y sólo de­sea, de manera amable, poder expresarse después que todos los demás han tenido la oportunidad de decir lo suyo.
Trabajar por la paz y la justicia en este mundo no sig­nifica dejar de ser la Madre Teresa para convertirse en Rambo o Batman. El Dios que sostiene la justicia y la paz no golpea a na­die y no estamos defendiendo la causa de Dios cuando nosotros lo hacemos.


¿Qué traigo en mi corazón y en mi cabeza?, ¿de qué vengo conversando?

¿Qué actitudes, situaciones, realidades de mi vida endurecen mi corazón y distorsionan mi imagen de Dios?

Después de leer el texto ¿Cuáles son mis reacciones? ¿Qué expectativas tengo frente a Dios?

¿Me he sentido o siento defraudado ante la pasividad de un Dios que parece indiferente ante el dolor y el mal de los inocentes?¿ No abré construido un dios a imagen y semejanza de mi dureza?
Reviso mi vida a partir de estas enseñanzas.


4) COLOQUIO: este es el final de la oración. Ahora me animo a conversar sobre lo que he sentido en la oración con María que sufrió el silencio de Dios, con Jesús que se sintió abandonado en la cruz, con el Padre que se declara impotente ante la dureza del corazón humano.

Actividades para cuaresma y semana santa

Querid@s amig@s;


Compartimos con ustedes algunas propuestas que quizás puedan aprovechar para vivir esta semana santa de una manera diferente.

No duden en promocionar estas actividades que tal vez puedan servir a otros.


Preparando el corazón para la Pascua
Lugar: Iglesia del Salvador
Dirección: Callao y Tucumán
Horario: 19.30 a 21.30 hs. (comenzamos con la Misa)
Los días: Miércoles 17, Jueves 18 y Viernes 19 de Marzo de 2010

Te esperamos para compartir un momento de reflexión y oración ignaciana para prepararnos para compartir con El Señor la Semana Santa.

Organiza: CEIA (Centro de Espiritualidad Ignaciana de Argentina)



Triduo de Cuaresma
Lugar: Centro Loyola (Colegio Máximo)
Dirección: Av. Balbín (ex Mitre) 3226 – San Miguel – Bs. As
Fecha: Del 28 (t) al 31 (almuerzo)

Ejercicios en silencio para preparar la Pascua

Orienta: P. Juan J. Berli SJ
Acompañamiento personal: miembros del CEIA

Arancel: $330.-
Inscripciones: (011) 44557992, int. 148 o 111
centroloyola@jesuitas.org.ar



EJERCICIOS ESPIRITUALES EN SEMANA SANTA

Destinado a Jóvenes
Lugar: Centro Loyola (Colegio Máximo)
Dirección: Av. Balbín (ex Mitre) 3226 – San Miguel – Bs. As
Fecha: del 31 de marzo (19 hs) hasta el 4 de abril (mediodia)
Orientadores: Equipo Pastoral del CEIA
Arancel: $390.-

Informes e inscripción: Secretaría del CEIA de 10 a 15 hs ó por mail a ceia@jesuitas.org.ar


Destinado a Adultos
Lugar: Villa San Ignacio - Villa de Mayo - Bs. As.
Fecha: del 31 de marzo (19 hs) hasta el 4 de abril (mediodia)
Orientadores: Hno. Enrique Garcia sj y equipo pastoral del CEIA
Arancel: $390.-

Informes e inscripción: Secretaría del CEIA de 10 a 15 hs ó por mail a ceia@jesuitas.org.ar


Destinado a Jóvenes y adultos
Lugar: Colegio Jesús María
Dirección: Subtte Omar Abraham 2491 - Florencio Varela - Bs. As.
Fecha: del 1 de abril (18 hs) hasta el 3 de abril (18 hs)
Acompañan: Religiosas de Jesús María y equipo.
Arancel: $40.-

Informes e inscripción: por mail a retirosensilencio@gmail.com o a los tel 4351-0571/0587 de lunes a viernes en el horario de 8 a 14 hs. (Claudio) http://retirosdesilencioignacianos.blogspot.com/


En todo amar y servir.


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