Nos amó sirviendo y nos salvó amándonos...
Después de haber experimentado la humanidad tantos fracasos, ¿Podemos esperar un nuevo amanecer para el mundo, una transformación de nuestras costumbres y relaciones, un surgir de la paz que sea fruto de la verdad y la justicia?
El ritual de la Pascua es la memoria histórica del pueblo de Israel que, esclavo en Babilonia, quiere responder a los anhelos de libertad. Al principio, la Pascua y los Panes ázimos eran dos fiestas distintas. La Pascua, de origen preisraelita, era una fiesta de pastores para celebrar, en la primavera, el nacimiento de las ovejas, y utilizaban la sangre para ahuyentar a los malos espíritus; la de los ázimos, era una fiesta agrícola que comenzó a ser celebrada, cuando Israel entró en la tierra prometida y solamente después, de la reforma de Josías, fue integrada a la Pascua.
La liberación de los antepasados de Egipto, era el comienzo de una nueva vida. El compartir será el pilar de esta nueva sociedad. La Pascua es el fin de los días de opresión, días de hierbas amargas. El pueblo tiene apuro, no hay tiempo que fermente la masa para el pan y está preparado para el viaje que lo llevará fuera de la esclavitud. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora. Pero la salvación, a medida que se desarrolla la revelación, será salvación del pecado.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo"
Jesús se reúne con sus discípulos. La cena de aquella noche era la cena del pueblo liberado, la gran fiesta del pueblo de Israel que se reunía para repetir y volver a hacer presente que el Señor, con brazo poderoso, liberó las débiles tribus hebreas de la esclavitud del faraón. El Señor había hecho suya la causa de los pobres , para hacerlos salir hacia una nueva tierra, una tierra que había de ser construida en la solidaridad, en la justicia, en la fraternidad.
La carne de aquel cordero, asada y comida sin perder tiempo, las verduras amargas de la aflicción, son los signos repetidos año tras año, que le recuerda al pueblo quién es el Dios en quien hay que creer, quién es el Dios verdadero.
Jesús y los discípulos, seguramente desde pequeños, han celebrado este memorial, y han repetido la memoria del Dios que libera, del Dios que siempre se coloca a favor de los débiles. Pero esta noche, el memorial de la liberación está tomando un sentido nuevo, un significado distinto, porque en el horizonte cercano, se vislumbra ya la muerte, el término de aquella historia de entrega total, de anuncio de una nueva manera de vivir, de proclamación del amor infinito de Dios para todos los hombres.
El evangelio de Juan no habla de la Eucaristía como lo hacen los sinópticos. Para Juan, la Nueva Pascua tendrá como fundamento el amor y el servicio. En este contexto, como primer gran signo; Jesús se levanta de la cena y se pone a lavar los pies a los discípulos.
La vida entera de Jesús está resumida en este gesto : sus palabras, sus milagros, su amistad con los pecadores, su llamada a la conversión, su defensa de la verdadera vida humana, su simplicidad y su fuerza, su muerte, toda su vida es vida de comunión con los hombres, de servicio.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".
El gesto de Jesús tiene la cruz en el horizonte. Se quita el manto, así como le serán quitados los vestidos, los amigos e incluso su vida misma, en la última y más grande manifestación de su amor. El lavado ritual de los pies para purificarlos, que habitualmente hacían los esclavos, es eco de todo el evangelio: la purificación del leproso, la liberación del endemoniado, la curación del ciego, la resurrección del joven, la libertad vivida y comunicada. La vida entera de Jesús, su muerte y resurrección, han sido la purificación del hombre, la recuperación de nuestra vida, la liberación de nuestras esclavitudes, la nueva realización de la paz, la alegría, la esperanza, la libertad fundadas en un amor de servicio. La purificación para poder sentarse a la Mesa del Reino, donde los hombres se sirven unos a otros; la humanidad renovada en el amor.
Los que quieran ser sus discípulos también tienen que hacerlo. Es la primera respuesta a aquella pregunta que, ante este gesto y el anuncio de su muerte, anidaba en el corazón de los discípulos. La muerte de Jesús, muestra cuál es la manera de vivir que realmente merece la pena: poner la vida entera a los pies de los demás, al servicio de los demás. Él lo hizo totalmente: su cruz constituye el testimonio definitivo.
Y después, Jesús, realiza otro gesto. Toma pan, toma el vino, y lo parte y lo reparte a sus discípulos y nos invita a repetir esta comida, y a reconocer su presencia permanente, viva, activa, transformadora para todos.
Es la segunda respuesta a la pregunta sobre el sentido de su muerte. En ese gesto de amor tejido sobre el pan y el vino: el alimento y la alegría, la carne y la sangre; Jesús, se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida y reciban fuerza para amar y entregarse hasta la muerte.
El pasado se mantiene vivo y nos proyecta hacia el futuro. Con el lavatorio de los pies, Jesús nos muestra quién es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies, Jesús ha elevado al hombre hasta Dios, ha hecho a todos iguales y libres. Sus discípulos tendremos la misma misión : crear una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder humano, que no es un valor, al que Él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.
Jesús, desde este nuevo mandamiento y desde su presencia en los dones de pan y vino, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la nueva alianza con el Dios Salvador, como realización del Reino definitivo que había anunciado y realizado. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos es entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que se realiza definitivamente en la manifestación suprema del amor hecho servicio generoso y cotidiano.
Jesús que expresó la grandeza de su amor con su propia vida, nos muestra la medida del verdadero amor. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos con Él .
Cuando nos reunimos y comemos este pan y bebemos este cáliz, proclamamos a Jesús, muerto por amor, vivo para siempre a nuestro lado, fuerza para nuestro camino de hombres y mujeres que queremos seguirlo y seguimos buscando un mundo y una vida distinta.
Comulgar con Cristo, supone comprometerse como Él a aceptar el papel de servidores en favor de todos . Para el discípulo, la construcción de un mundo solidario y justo está esencialmente ligada con la celebración de la Eucaristía. Sin justicia no hay Eucaristía, y no hay justicia que redima sin Eucaristía que la sostenga.
El amor de Jesús es el mismo amor con que Dios ama a los hombres; Dios ama a los hombres "lavándoles los pies". El Dios que nos muestra Jesús es un Dios servidor de los hombres, que acepta estar por debajo de éstos para, desde abajo, poder levantarlos, elevarlos. En esta nueva humanidad, todos los hombres son igualmente señores, porque todos son igualmente servidores; y quien quiera ser discípulo no tiene otra tarea que continuar sirviendo para continuar creando condiciones de libertad, de igualdad, de fraternidad entre todos los hombres.
La comunidad cristiana verdadera, se define por su capacidad de servicio, y no por la grandeza de sus estructuras, ni por el brillo de sus logros. Sentirse hermano del otro, es sentir la alegría del servicio que nunca es humillación, sino verdadera grandeza. El servicio, vivido desde la fraternidad, convierte al cristiano en otro Jesús y la vida diaria en manifestación del Reino.
Para discernir
¿Vivo cotidianamente la unidad entre el gesto del lavado de los pies, la Eucaristía y la muerte de Jesús en la Cruz?
¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en este momento de mi vida?
¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?
Jueves Santo
Etiquetas:
meditación,
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Semana santa
Miercoles Santo...
…El Hijo del hombre será entregado…
Hoy, miércoles santo, leemos el tercer canto del Siervo. Sigue ladescripción de la misión del Siervo, pero con una carga cada vez más fuerte de oposición y contradicciones. La misión que le encomienda Dios es: saber decir una palabra de aliento al abatido. Pero antes de hablar, antes de usar esa lengua de iniciado, Dios le despierta el oído para que escuche.
También aquí triunfa la confianza en la ayuda de Dios, y con un diálogo muy vivo muestra su decisión de seguir adelante.
La comunidad cristiana vio a Jesús descrito en esos cantos del Siervo. Su entrega hasta la muerte no es inútil: así cumple la misión que Dios le ha encomendado, al solidarizarse con toda la humanidad y su pecado.
En el evangelio, leemos la traición de Judas según Mateo. Precisamente cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida con los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión, uno de ellos ya ha concertado la traición por treinta monedas, que es el precio de un esclavo.
Sin dejar de pensar en lo que se acerca, Jesús ha previsto esta comida de Pascua con sus discípulos, porque su tiempo está próximo. No es una comida improvisada al azar: será una "comida pascual" evocando toda la tradición judía. El pan sin levadura, evocaba la salida rápida de Egipto, en la que no hubo tiempo de dejar fermentar la masa: comida festiva cantando una liberación.
En medio de este gesto religioso de profunda amistad, Jesús toma la iniciativa, y anuncia la presencia de las som bras de la traición. Esto provoca en cada uno de los discípulos tristeza e inseguridad. La entrega y donación absolutamente gratuita de Dios y de su Hijo, se transforman en entrega traicionera, ventaque desvaloriza el don, por un precio absurdo. Aquí es la codicia, lo que se presenta como el motor capaz de querer frustrar la amistad, y el querer del Dios de la vida. Lo traicionará aquel que coma de su mismo plato.
Jesús hace un gesto "de comunión": para un hebreo, tender a alguien el plato, es hacer un gesto simbólico de amistad. De parte de Jesús, no hay ninguna condena, sino que permanece su ofrecimiento de amistad. Jesús coloca a Judas ante su responsabilidad. Es Judas solo, el que se condena, al rehusar la tentativa de su amigo. Jesús estaba habituado a "comer con los pecadores", y esta tarde, no ha rechazado a un pecador... es Judas quien lo ha rechazado.
Él, como el resto de los apóstoles, esperaba de Jesús la instauración del Reino de Dios, en este mundo; y soñaba, al igual que los hijos del Zebedeo, ocupar un puesto de prestigio. Creía quese trataba de un reino como los de este mundo y lo seguirá buscando a su manera. El demonio tienta a querer cosas buenas, pero por el camino inadecuado. Pecado es procurar conseguir cosas buenas por camino equivocado.
No era más interesado o pecador que el resto de los Doce, todos acabaron abandonando a Jesús o negándole. Ninguno de ellos había experimentado todavía la conversión.
Toda traición siempre dice relación a un amor, a un vínculo, a un proyecto. En la medida que no respondemos al amor, actuamos en dirección opuesta. En la medida que no cuidamos un vínculo, nos desvinculamos. En la medida que no estamos de acuerdo con el proyecto en el que estábamos comprometidos, la traición se presenta en el horizonte. El seguimiento de Jesús es por un amor que crea un vínculo y que nos hace comulgar en un proyecto.
Un discípulo sin la fuerza y la pasión del amor, sin la fidelidad del vínculo y sin la claridad que exige asumir el proyecto de Jesús, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras. Aunque justifiquemos la traición, frente a ella nuestra alma quedará siempre herida.
El proyecto de Jesús está sometido a la libertad de nuestras opciones. Dios no puede ni quiere tocar nuestra libertad y acepta la posibilidad de nuestro rechazo.
La libertad siempre se ilumina y cobra verdad desde el amor. Junto a la libertad de entregar, de traicionar aparece la libertad de entregarse, de darse, que sólo se da en la perspectiva del amor.
Junto a la libertad humana, también se nos muestra la libertad de Dios: su omnipotencia, que es amor que se entrega desde su propio Hijo para que no seamos determinados para siempre por el pecado. Valorar este amor gratuito, conocerlo en profundidad y confiarnos en él hacen crecer en nuestra vida, un amor que supere la tentación de la traición y que sea capaz de levantarse arrepentido y confiado aún cuando se haya defraudado el amor de Aquel que nos amó hasta el fin.
Cada Eucaristía, es también una comida en la que Jesús nos ofrece la comunión con El. Cada misa es un gesto de Jesús hacia los pecadores que somos nosotros, siempre que no nos excluyamos nosotros al rechazar su amor.
Para discernir
¿Cómo se sigue repitiendo hoy la traición de Judas?
¿Cómo me preparo para comenzar mañana la celebración de la Pascua?
¿Qué me falta hacer?
¿Qué me invita a revisar este texto en mi relación con Jesús?
Hoy, miércoles santo, leemos el tercer canto del Siervo. Sigue ladescripción de la misión del Siervo, pero con una carga cada vez más fuerte de oposición y contradicciones. La misión que le encomienda Dios es: saber decir una palabra de aliento al abatido. Pero antes de hablar, antes de usar esa lengua de iniciado, Dios le despierta el oído para que escuche.
También aquí triunfa la confianza en la ayuda de Dios, y con un diálogo muy vivo muestra su decisión de seguir adelante.
La comunidad cristiana vio a Jesús descrito en esos cantos del Siervo. Su entrega hasta la muerte no es inútil: así cumple la misión que Dios le ha encomendado, al solidarizarse con toda la humanidad y su pecado.
En el evangelio, leemos la traición de Judas según Mateo. Precisamente cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida con los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión, uno de ellos ya ha concertado la traición por treinta monedas, que es el precio de un esclavo.
Sin dejar de pensar en lo que se acerca, Jesús ha previsto esta comida de Pascua con sus discípulos, porque su tiempo está próximo. No es una comida improvisada al azar: será una "comida pascual" evocando toda la tradición judía. El pan sin levadura, evocaba la salida rápida de Egipto, en la que no hubo tiempo de dejar fermentar la masa: comida festiva cantando una liberación.
En medio de este gesto religioso de profunda amistad, Jesús toma la iniciativa, y anuncia la presencia de las som bras de la traición. Esto provoca en cada uno de los discípulos tristeza e inseguridad. La entrega y donación absolutamente gratuita de Dios y de su Hijo, se transforman en entrega traicionera, ventaque desvaloriza el don, por un precio absurdo. Aquí es la codicia, lo que se presenta como el motor capaz de querer frustrar la amistad, y el querer del Dios de la vida. Lo traicionará aquel que coma de su mismo plato.
Jesús hace un gesto "de comunión": para un hebreo, tender a alguien el plato, es hacer un gesto simbólico de amistad. De parte de Jesús, no hay ninguna condena, sino que permanece su ofrecimiento de amistad. Jesús coloca a Judas ante su responsabilidad. Es Judas solo, el que se condena, al rehusar la tentativa de su amigo. Jesús estaba habituado a "comer con los pecadores", y esta tarde, no ha rechazado a un pecador... es Judas quien lo ha rechazado.
Él, como el resto de los apóstoles, esperaba de Jesús la instauración del Reino de Dios, en este mundo; y soñaba, al igual que los hijos del Zebedeo, ocupar un puesto de prestigio. Creía quese trataba de un reino como los de este mundo y lo seguirá buscando a su manera. El demonio tienta a querer cosas buenas, pero por el camino inadecuado. Pecado es procurar conseguir cosas buenas por camino equivocado.
No era más interesado o pecador que el resto de los Doce, todos acabaron abandonando a Jesús o negándole. Ninguno de ellos había experimentado todavía la conversión.
Toda traición siempre dice relación a un amor, a un vínculo, a un proyecto. En la medida que no respondemos al amor, actuamos en dirección opuesta. En la medida que no cuidamos un vínculo, nos desvinculamos. En la medida que no estamos de acuerdo con el proyecto en el que estábamos comprometidos, la traición se presenta en el horizonte. El seguimiento de Jesús es por un amor que crea un vínculo y que nos hace comulgar en un proyecto.
Un discípulo sin la fuerza y la pasión del amor, sin la fidelidad del vínculo y sin la claridad que exige asumir el proyecto de Jesús, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras. Aunque justifiquemos la traición, frente a ella nuestra alma quedará siempre herida.
El proyecto de Jesús está sometido a la libertad de nuestras opciones. Dios no puede ni quiere tocar nuestra libertad y acepta la posibilidad de nuestro rechazo.
La libertad siempre se ilumina y cobra verdad desde el amor. Junto a la libertad de entregar, de traicionar aparece la libertad de entregarse, de darse, que sólo se da en la perspectiva del amor.
Junto a la libertad humana, también se nos muestra la libertad de Dios: su omnipotencia, que es amor que se entrega desde su propio Hijo para que no seamos determinados para siempre por el pecado. Valorar este amor gratuito, conocerlo en profundidad y confiarnos en él hacen crecer en nuestra vida, un amor que supere la tentación de la traición y que sea capaz de levantarse arrepentido y confiado aún cuando se haya defraudado el amor de Aquel que nos amó hasta el fin.
Cada Eucaristía, es también una comida en la que Jesús nos ofrece la comunión con El. Cada misa es un gesto de Jesús hacia los pecadores que somos nosotros, siempre que no nos excluyamos nosotros al rechazar su amor.
Para discernir
¿Cómo se sigue repitiendo hoy la traición de Judas?
¿Cómo me preparo para comenzar mañana la celebración de la Pascua?
¿Qué me falta hacer?
¿Qué me invita a revisar este texto en mi relación con Jesús?
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meditación,
reflexión,
Semana santa
Martes Santo...
…Serás la luz de las naciones…
El Siervo , en el segundo «canto» de Isaías es llamado por Dios desde el seno de su madre , con una elección gratuita, para que cumpla su proyecto de salvación.
Dos comparaciones describen al Siervo: será como una espada, porque tendrá una palabra eficaz, y será como una flecha, que el arquero guarda en su aljaba, para lanzarla en el momento oportuno. La misión que Dios le encomienda es, reunir a Israel y ser luz de las naciones para que la salvación de Dios llegue hasta el confín de la tierra.
En este segundo canto aparece ya el contrapunto de la oposición. El Siervo, no tendrá éxitos fáciles y más bien sufrirá momentos de desánimo. Lo salvará la confianza en Dios. Jesús es el verdadero Siervo, luz para las naciones, el que con su muerte va a reunir a los dispersos, el que va a restaurar y salvar a todos.
En el contexto de esas palabras del profeta, se entiende el relato del Evangelio de hoy. Jesús anuncia a los discípulos que uno de ellos lo traicionará. Pero esa traición no será ocasión de muerte sino de vida. La traición será el momento de la glorificación de Jesús.
La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida, se dan cita en esta cena que anticipa el final. Judas lo traicionará deliberadamente, participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso "sale inmediatamente". No sabe y no puede responder al amor que recibe.
Pedro también lo traicionará; no ha entendido que no se deja amar, ni tampoco deja amar : quiere que Jesús no muestre el amor por todos los hombres. No comprende el sentido de la muerte de Jesús. Seguir a Jesús no consiste en dar la vida por Él, sino en darla con Él, Jesús que muere por todos los hombres. También sus otros seguidores traicionarán su confianza huyendo al verlo detenido y clavado en la cruz.
Sin embargo, Jesús traicionado, permanece fiel. Abandonado por todos, no pierde su confianza en el Padre: «ahora es glorificado el Hijo del Hombre... pronto lo glorificará Dios».
Jesús entre contradicciones, nos muestra que cuando una obra está marcada con la justicia del Padre, éste se encargará de no dejarla morir, pese a las amenazas. Es la fe en su Padre, lo que lleva a Jesús más allá de la traición y la derrota.
En la iglesia de Jesús, hay que acostumbrarse a vivir con la posibilidad de la traición a Jesús y al evangelio. Pero sobre todo, no nos extrañemos, que la traición esté rondando nuestra propia casa. La traición puede generarse en cada uno de nosotros, cuando llegamos a olvidar, lo que motivó cada momento de la vida de Jesús, y lo que lo llevó a la muerte: el amor a todos los hombres.
A nuestra medida, todos llevamos un Judas dentro. Aquél que, suponiendo que está cerca, en realidad, está lejos... o muy lejos de Jesús y de su Evangelio. El que, básicamente, traiciona su amistad, su confianza, su misión. El que se vende al mejor postor porque sólo lo busca por interés.
También a nuestra medida, todos llevamos un Pedro dentro. El de las palabras bonitas, pero todavía superficiales. El que se justifica por pertenecer a un grupo, Iglesia, Parroquia, Congregación, Movimiento, Grupo, pero en el fondo no vive el amor por todos los hombres.
Tan cerca y tan lejos, Judas, Pedro y los demás discípulos que lo abandonan; cada uno según su forma representan esa parte de nosotros que aún necesita convertirse. “Era de noche” dice el Evangelio. Y lo sigue siendo cuando vivimos ahí, porque estamos hechos para cosas mayores.
Quien quiera seguir a Jesús, se tendrá que identificar con el amor, pero no un amor de sólo manifestaciones externas que se agotan, sino un amor como principio e identidad de vida, un amor que no se agota y que significa entrega, comprensión.
En esa noche, “el discípulo que Jesús amaba” , reclina la cabeza sobre el pecho de Jesús. Es un signo del conocimiento íntimo y profundo, del amor y la entrega, de la necesidad y la confianza.
Ante la posibilidad de nuestra fragilidad se nos invita a vivir cerca del corazón de Jesús. Este debe ser también nuestro hogar. Llega la “hora” de Dios, dejémonos empapar de su eterna ternura y veamos toda la realidad, las personas, los acontecimientos, con los ojos y el corazón del siervo, que da su vida por todos y cada uno de los hombres.
Para discernir
¿Hasta donde doy mi vida por el Señor?
¿Pretendo méritos personales que justifiquen mi amistad y el amor de Jesús?
¿Qué significa su pasión?
¿Me dejo salvar por Jesús?
(Texto enviado por la Vicaría Pastoral del Arzobispado de Buenos Aires)
El Siervo , en el segundo «canto» de Isaías es llamado por Dios desde el seno de su madre , con una elección gratuita, para que cumpla su proyecto de salvación.
Dos comparaciones describen al Siervo: será como una espada, porque tendrá una palabra eficaz, y será como una flecha, que el arquero guarda en su aljaba, para lanzarla en el momento oportuno. La misión que Dios le encomienda es, reunir a Israel y ser luz de las naciones para que la salvación de Dios llegue hasta el confín de la tierra.
En este segundo canto aparece ya el contrapunto de la oposición. El Siervo, no tendrá éxitos fáciles y más bien sufrirá momentos de desánimo. Lo salvará la confianza en Dios. Jesús es el verdadero Siervo, luz para las naciones, el que con su muerte va a reunir a los dispersos, el que va a restaurar y salvar a todos.
En el contexto de esas palabras del profeta, se entiende el relato del Evangelio de hoy. Jesús anuncia a los discípulos que uno de ellos lo traicionará. Pero esa traición no será ocasión de muerte sino de vida. La traición será el momento de la glorificación de Jesús.
La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida, se dan cita en esta cena que anticipa el final. Judas lo traicionará deliberadamente, participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso "sale inmediatamente". No sabe y no puede responder al amor que recibe.
Pedro también lo traicionará; no ha entendido que no se deja amar, ni tampoco deja amar : quiere que Jesús no muestre el amor por todos los hombres. No comprende el sentido de la muerte de Jesús. Seguir a Jesús no consiste en dar la vida por Él, sino en darla con Él, Jesús que muere por todos los hombres. También sus otros seguidores traicionarán su confianza huyendo al verlo detenido y clavado en la cruz.
Sin embargo, Jesús traicionado, permanece fiel. Abandonado por todos, no pierde su confianza en el Padre: «ahora es glorificado el Hijo del Hombre... pronto lo glorificará Dios».
Jesús entre contradicciones, nos muestra que cuando una obra está marcada con la justicia del Padre, éste se encargará de no dejarla morir, pese a las amenazas. Es la fe en su Padre, lo que lleva a Jesús más allá de la traición y la derrota.
En la iglesia de Jesús, hay que acostumbrarse a vivir con la posibilidad de la traición a Jesús y al evangelio. Pero sobre todo, no nos extrañemos, que la traición esté rondando nuestra propia casa. La traición puede generarse en cada uno de nosotros, cuando llegamos a olvidar, lo que motivó cada momento de la vida de Jesús, y lo que lo llevó a la muerte: el amor a todos los hombres.
A nuestra medida, todos llevamos un Judas dentro. Aquél que, suponiendo que está cerca, en realidad, está lejos... o muy lejos de Jesús y de su Evangelio. El que, básicamente, traiciona su amistad, su confianza, su misión. El que se vende al mejor postor porque sólo lo busca por interés.
También a nuestra medida, todos llevamos un Pedro dentro. El de las palabras bonitas, pero todavía superficiales. El que se justifica por pertenecer a un grupo, Iglesia, Parroquia, Congregación, Movimiento, Grupo, pero en el fondo no vive el amor por todos los hombres.
Tan cerca y tan lejos, Judas, Pedro y los demás discípulos que lo abandonan; cada uno según su forma representan esa parte de nosotros que aún necesita convertirse. “Era de noche” dice el Evangelio. Y lo sigue siendo cuando vivimos ahí, porque estamos hechos para cosas mayores.
Quien quiera seguir a Jesús, se tendrá que identificar con el amor, pero no un amor de sólo manifestaciones externas que se agotan, sino un amor como principio e identidad de vida, un amor que no se agota y que significa entrega, comprensión.
En esa noche, “el discípulo que Jesús amaba” , reclina la cabeza sobre el pecho de Jesús. Es un signo del conocimiento íntimo y profundo, del amor y la entrega, de la necesidad y la confianza.
Ante la posibilidad de nuestra fragilidad se nos invita a vivir cerca del corazón de Jesús. Este debe ser también nuestro hogar. Llega la “hora” de Dios, dejémonos empapar de su eterna ternura y veamos toda la realidad, las personas, los acontecimientos, con los ojos y el corazón del siervo, que da su vida por todos y cada uno de los hombres.
Para discernir
¿Hasta donde doy mi vida por el Señor?
¿Pretendo méritos personales que justifiquen mi amistad y el amor de Jesús?
¿Qué significa su pasión?
¿Me dejo salvar por Jesús?
(Texto enviado por la Vicaría Pastoral del Arzobispado de Buenos Aires)
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