…Por sus heridas fuimos sanados…
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere un hombre fuera de la ciudad, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo. ¿Por qué se pregunta el pueblo que había puesto en el su esperanza? ¿Por qué… pregunta que late siempre cuando roza el dolor?
¿Por qué las victimas inocentes de la violencia bestial de los hombres? ¿Por qué la muerte de aquella persona indispensable para su familia? ¿Por qué ese pequeño ataúd con ese inocente que no llegó a conocer la vida? ¿Por qué la injusticia, el dolor sin culpa, las calumnias, el egoísmo desencadenado, las guerras, el odio racial, las masacres, los chicos deformes? Le exigimos a Dios que responda, que se justifique y sin embargo parece que callara y jugara con su silencio y nuestra espera.
Y este viernes Santo venimos a la cruz, trascendiendo toda razón lógica, buscando en ella lo que ni las palabras, ni los argumentos pueden contener. No venimos a contemplar un sufrimiento más grande que nos resigne, ni a presenciar un espectáculo macabro que nos distraiga de nuestro dolor.
Venimos y contemplamos a aquel que “para esto ha venido al mundo”, venimos y contemplamos al el "Rey de reyes y Señor de los señores" que como Siervo de Yahvé se nos presenta humillado y despreciado, varón de dolores, que ni siquiera tiene aspecto humano. Solidario con el pecado de la humanidad, pesan sobre él todos nuestros crímenes y entrega su vida para que poseamos la vida.
El Viernes Santo, desde su oscuridad y dolor es el día de la gran respuesta. Dios no ha venido a eliminar el dolor humano o a presentarnos un piadoso discurso sobre el sufrimiento. No nos da explicaciones, ha hecho algo más grande y más importante. Algo inexplicablemente divino. Ha venido a compartir, a participar, a cargar sobre sí el dolor de los hombres. Por eso lo que brilla con mayor esplendor en la cruz no es el pecado del hombre ni la cólera de Dios, sino su amor que no conoce medida.
El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”, logra su plenitud cuando en la cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también en función de nosotros. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas... para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Es la libertad que se hace don de amor y no la consecuencia de la debilidad. “Doy mi vida para recobrarla de nuevo... yo la doy voluntariamente”.
Mirando la cruz comprendemos su vida y mirando su vida comprendemos la cruz. Asumió la muerte del mismo modo que asumió la vida toda: con alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos. No buscó la cruz por la cruz. Predicó y vivió el amor y mostró lo que se necesita para que pueda haber amor.
Quien ama y sirve, no crea cruces para los demás, acepta y asume cruces: las propias y las ajenas. Anunció la buena nueva de la Vida y del Amor que transforma. Se entregó por ella y el mundo lo levantó en el madero de la cruz.
Sabía que se jugaba la vida y no temió perderla, prefirió ser consecuente antes que cobarde. Vivió apasionadamente y murió de la misma forma, en él todo fue pasión. Le perdió el respeto a la muerte y venció el temor que impide vivir con coraje el presente. Sólo se puede vivir con intensidad el momento presente cuando uno olvida los juicios, las historias, del pasado y deja de lado los prejuicios, las histerias y temores, del futuro. (El pasado es como el diario de ayer: se lee y luego se tira para que sea reciclado; no se pierde nada de el, pero no lo volvemos a leer, nos interesa en la medida en que es actualidad. Y el futuro es una novela por escribir, la iremos escribiendo poco a poco, página a página, es un quehacer, un porvenir que nos irá sorprendiendo en la medida en que lo vivamos. Lo que importa es el presente.) Cuando la nostalgia del pasado ocupa el puesto de la esperanza del futuro la crisis del presente está servida.
La cruz fue consecuencia de un anuncio nuevo y total. El no huyó, no contemporizó. Continuó amando, a pesar del odio. Fue crucificado por fidelidad a Dios y crucificado por los hombres y para los hombres por amor y fidelidad a los hombres.
Su dolor transfiguró el dolor y la condenación a muerte, haciéndolos un acto de libertad y de amor, un acceso posible a Dios y un nuevo vínculo con aquellos que lo rechazaban. “Padre no saben lo que hacen” Perdonó: la forma dolorosa del amor. “Te encomiendo mi espíritu”: total olvido de sí mismo en la entrega confiada a Aquel por quien se puede arriesgarlo todo. Perdón y confianza, las formas por las cuales no dejamos que el odio y la desesperación se queden con la última palabra.
Morir así confiado y entregado ya nos revela la resurrección, que es la plenitud de la Vida, presente dentro de la vida y de la muerte.
Morir así es vivir. Dentro de esta muerte de cruz hay una vida que no puede ser destruida. Ella está oculta dentro de la muerte. No viene después de la muerte. Está dentro de la vida de amor, de solidaridad y de coraje para soportar y de morir. La cruz es hora de pasión, pero también de glorificación. Pasión y resurrección, vida y muerte. Vivir y ser crucificado así por causa del amor, de la justicia y por causa de Dios, es vivir.
La muerte de Cristo no es sólo el morir de un hombre, es revelación del amor de Dios en el mundo; ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu.
¿Dónde está muerte tu victoria? Eso es la cruz: la señal del sufrimiento de los hombres que Dios recibe para cargar sobre sus espaldas. Dios se ha posesionado de todo dolor para abrirlo desde la resurrección a la esperanza. La última palabra siempre la tiene Dios y es palabra de triunfo.
Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. Sólo podemos afirmar esto de cara a la cruz, mirando hacia el Crucificado que ahora es el Viviente.
Es la gran paradoja de este día: el que muere como un esclavo es reconocido por la fe como el hombre nuevo que hace nuevas todas las cosas, con un nombre sobre todo nombre. En la cruz se entierra el pasado termina el imperio del pecado y de las tinieblas y comienza la era de la luz y de la vida.
Es la gran paradoja de este día. La muerte no es el límite; sino el trampolín, el reto para la vida y la libertad.
Es la gran paradoja de este día: la vida sirve para desvivirse en ella. La recobramos en la medida en que la perdemos, perderla es ganarla. Quien interpreta así la vida crece en libertad y puede ser fiel en cada instante de su existencia; sabe que lo puede ganar todo y no teme perder nada, porque nada pierde el que todo lo dio.
Es la gran paradoja de este día: la vida no se vende al mejor postor, sino que es de aquel que apuesta por ella. Quien vende su vida pierde su historia. Tan solo hay dos formas de ser y estar en este mundo: viviendo la vida o dejando que otros te la dicten y vivan. O como autor y actor de tu propia existencia o como un pasivo representante de la misma.
Es la gran paradoja de este día: la debilidad es fortaleza y la fortaleza es vulnerabilidad que nos hace permeables a ser amados y amar, orgullosos de sentirnos necesitados. En la cruz el amor auténtico ya fue probado y no será mera posibilidad humana, sino don fecundo de Dios y la muerte no es más el fin de una existencia, sino el momento que la hace camino para la Resurrección.
Contemplemos hoy la Cruz de Jesús con silencio emocionado y reverente. Que el sufrimiento y la muerte del inocente Jesús y de tantos otros, no nuble el misterio de amor inconmensurable del Padre que en su hijo se entregó a la humanidad “nos amó y nos salvó” abriendo un nuevo capítulo de las historia que nos toca escribir a nosotros.
Para discernir
¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?
¿Qué pecados quiero crucificar en la Cruz de Cristo?
¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios, hacia personas concretas, siento hoy en comunión con el Crucificado?
Seguimos reflexionando...
LLAMADOS A SER TESTIGOS DEL CRUCIFICADO Y RESUCITADO
Entramos a la semana santa y la celebramos en un contexto y realidad particular que nos invita a preguntarnos y responder con seriedad y profundidad estas preguntas: ¿Quién es Cristo para mí?, ¿Soy Cristo para los demás?, ¿Son los demás Cristo para mí?
Ignacio de Loyola en la experiencia de los Ejercicios Espirituales nos invita a hacernos presentes a los misterios de la pasión de Jesús y a fijarnos y poner nuestra mirada en la persona de Jesús doliente y sufriente, y considerar lo que Cristo Nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer, según el hecho de la vida de Jesús que se contempla…y preguntarnos qué debo yo hacer y padecer por él.
El desafío y reto que tenemos es acompañar y estar cerca a Jesús y por tanto acompañar y estar cerca a los Cristos dolientes y sufrientes hoy. La tentación que nos asalta tanto de forma agresiva como sutil, es a huir y evitar toda situación que sea dolorosa y produzca cualquier tipo de sufrimiento en nuestra vida. Ante Cristo crucificado estamos llamados a situarnos frente al dolor y a aprender a acompañar y estar al lado de los que sufren más hoy. El dolor no es neutral. Hay que optar frente a él. Constatamos que existe un dolor cotidiano que nace de nuestras propias limitaciones y contingencias, y otro dolor causado y provocado por situaciones inhumanas de injusticia y de toda clase de violencia y que tiene causantes.
Vivimos en tensión entre lo que somos y lo que deseamos ser, entre lo que queremos hacer y lo que de hecho hacemos, y sentimos impotencia ante una realidad que no podemos cambiar. Este dolor se expresa en tristeza, miedo, aburrimiento, asco y ausencia de Dios, como sufrió Jesús en Getsemaní (Lucas 22,39-46).
Acompañar a Jesús en su dolor y en su pasión es propio del discípulo. Jesús estuvo siempre dispuesto a salir de si mismo frente a la necesidad y sufrimiento de los demás, especialmente de los pobres, enfermos, viudas, desposeídos y excluidos de su tiempo. Jesús siente y tiene compasión frente al hambre de la gente, se conmueve frente al dolor, acoge a los rechazados y se identifica con aquellos que más padecen todo clase de sufrimiento.
El seguimiento de Jesús pasa por la realidad de la cruz. El auténtico seguimiento tiene que ser lúcido y realista, pues significa seguir a Jesús pobre y humilde en el servicio y entrega solidaria a los pobres y humildes de nuestro pueblo.
El miedo frente a la realidad de la cruz nos puede paralizar. Jesús vivió la cruz en toda su desnudez y abandono. Experimentó en su propia existencia la palabra que dijo a sus discípulos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce fruto (Juan 12,24-25).
Pero la vida de Jesús no termina en la muerte, sino que Jesús triunfa sobre la muerte y resucita. Por eso nosotros estamos llamados a ser testigos del crucificado y del resucitado, considerando que el resucitado es el crucificado y que el crucificado resucita.
Feliz pascua de resurrección
Benjamín Crespo, S.J.
Director de Pastoral
Entramos a la semana santa y la celebramos en un contexto y realidad particular que nos invita a preguntarnos y responder con seriedad y profundidad estas preguntas: ¿Quién es Cristo para mí?, ¿Soy Cristo para los demás?, ¿Son los demás Cristo para mí?
Ignacio de Loyola en la experiencia de los Ejercicios Espirituales nos invita a hacernos presentes a los misterios de la pasión de Jesús y a fijarnos y poner nuestra mirada en la persona de Jesús doliente y sufriente, y considerar lo que Cristo Nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer, según el hecho de la vida de Jesús que se contempla…y preguntarnos qué debo yo hacer y padecer por él.
El desafío y reto que tenemos es acompañar y estar cerca a Jesús y por tanto acompañar y estar cerca a los Cristos dolientes y sufrientes hoy. La tentación que nos asalta tanto de forma agresiva como sutil, es a huir y evitar toda situación que sea dolorosa y produzca cualquier tipo de sufrimiento en nuestra vida. Ante Cristo crucificado estamos llamados a situarnos frente al dolor y a aprender a acompañar y estar al lado de los que sufren más hoy. El dolor no es neutral. Hay que optar frente a él. Constatamos que existe un dolor cotidiano que nace de nuestras propias limitaciones y contingencias, y otro dolor causado y provocado por situaciones inhumanas de injusticia y de toda clase de violencia y que tiene causantes.
Vivimos en tensión entre lo que somos y lo que deseamos ser, entre lo que queremos hacer y lo que de hecho hacemos, y sentimos impotencia ante una realidad que no podemos cambiar. Este dolor se expresa en tristeza, miedo, aburrimiento, asco y ausencia de Dios, como sufrió Jesús en Getsemaní (Lucas 22,39-46).
Acompañar a Jesús en su dolor y en su pasión es propio del discípulo. Jesús estuvo siempre dispuesto a salir de si mismo frente a la necesidad y sufrimiento de los demás, especialmente de los pobres, enfermos, viudas, desposeídos y excluidos de su tiempo. Jesús siente y tiene compasión frente al hambre de la gente, se conmueve frente al dolor, acoge a los rechazados y se identifica con aquellos que más padecen todo clase de sufrimiento.
El seguimiento de Jesús pasa por la realidad de la cruz. El auténtico seguimiento tiene que ser lúcido y realista, pues significa seguir a Jesús pobre y humilde en el servicio y entrega solidaria a los pobres y humildes de nuestro pueblo.
El miedo frente a la realidad de la cruz nos puede paralizar. Jesús vivió la cruz en toda su desnudez y abandono. Experimentó en su propia existencia la palabra que dijo a sus discípulos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce fruto (Juan 12,24-25).
Pero la vida de Jesús no termina en la muerte, sino que Jesús triunfa sobre la muerte y resucita. Por eso nosotros estamos llamados a ser testigos del crucificado y del resucitado, considerando que el resucitado es el crucificado y que el crucificado resucita.
Feliz pascua de resurrección
Benjamín Crespo, S.J.
Director de Pastoral
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Jueves Santo
Nos amó sirviendo y nos salvó amándonos...
Después de haber experimentado la humanidad tantos fracasos, ¿Podemos esperar un nuevo amanecer para el mundo, una transformación de nuestras costumbres y relaciones, un surgir de la paz que sea fruto de la verdad y la justicia?
El ritual de la Pascua es la memoria histórica del pueblo de Israel que, esclavo en Babilonia, quiere responder a los anhelos de libertad. Al principio, la Pascua y los Panes ázimos eran dos fiestas distintas. La Pascua, de origen preisraelita, era una fiesta de pastores para celebrar, en la primavera, el nacimiento de las ovejas, y utilizaban la sangre para ahuyentar a los malos espíritus; la de los ázimos, era una fiesta agrícola que comenzó a ser celebrada, cuando Israel entró en la tierra prometida y solamente después, de la reforma de Josías, fue integrada a la Pascua.
La liberación de los antepasados de Egipto, era el comienzo de una nueva vida. El compartir será el pilar de esta nueva sociedad. La Pascua es el fin de los días de opresión, días de hierbas amargas. El pueblo tiene apuro, no hay tiempo que fermente la masa para el pan y está preparado para el viaje que lo llevará fuera de la esclavitud. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora. Pero la salvación, a medida que se desarrolla la revelación, será salvación del pecado.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo"
Jesús se reúne con sus discípulos. La cena de aquella noche era la cena del pueblo liberado, la gran fiesta del pueblo de Israel que se reunía para repetir y volver a hacer presente que el Señor, con brazo poderoso, liberó las débiles tribus hebreas de la esclavitud del faraón. El Señor había hecho suya la causa de los pobres , para hacerlos salir hacia una nueva tierra, una tierra que había de ser construida en la solidaridad, en la justicia, en la fraternidad.
La carne de aquel cordero, asada y comida sin perder tiempo, las verduras amargas de la aflicción, son los signos repetidos año tras año, que le recuerda al pueblo quién es el Dios en quien hay que creer, quién es el Dios verdadero.
Jesús y los discípulos, seguramente desde pequeños, han celebrado este memorial, y han repetido la memoria del Dios que libera, del Dios que siempre se coloca a favor de los débiles. Pero esta noche, el memorial de la liberación está tomando un sentido nuevo, un significado distinto, porque en el horizonte cercano, se vislumbra ya la muerte, el término de aquella historia de entrega total, de anuncio de una nueva manera de vivir, de proclamación del amor infinito de Dios para todos los hombres.
El evangelio de Juan no habla de la Eucaristía como lo hacen los sinópticos. Para Juan, la Nueva Pascua tendrá como fundamento el amor y el servicio. En este contexto, como primer gran signo; Jesús se levanta de la cena y se pone a lavar los pies a los discípulos.
La vida entera de Jesús está resumida en este gesto : sus palabras, sus milagros, su amistad con los pecadores, su llamada a la conversión, su defensa de la verdadera vida humana, su simplicidad y su fuerza, su muerte, toda su vida es vida de comunión con los hombres, de servicio.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".
El gesto de Jesús tiene la cruz en el horizonte. Se quita el manto, así como le serán quitados los vestidos, los amigos e incluso su vida misma, en la última y más grande manifestación de su amor. El lavado ritual de los pies para purificarlos, que habitualmente hacían los esclavos, es eco de todo el evangelio: la purificación del leproso, la liberación del endemoniado, la curación del ciego, la resurrección del joven, la libertad vivida y comunicada. La vida entera de Jesús, su muerte y resurrección, han sido la purificación del hombre, la recuperación de nuestra vida, la liberación de nuestras esclavitudes, la nueva realización de la paz, la alegría, la esperanza, la libertad fundadas en un amor de servicio. La purificación para poder sentarse a la Mesa del Reino, donde los hombres se sirven unos a otros; la humanidad renovada en el amor.
Los que quieran ser sus discípulos también tienen que hacerlo. Es la primera respuesta a aquella pregunta que, ante este gesto y el anuncio de su muerte, anidaba en el corazón de los discípulos. La muerte de Jesús, muestra cuál es la manera de vivir que realmente merece la pena: poner la vida entera a los pies de los demás, al servicio de los demás. Él lo hizo totalmente: su cruz constituye el testimonio definitivo.
Y después, Jesús, realiza otro gesto. Toma pan, toma el vino, y lo parte y lo reparte a sus discípulos y nos invita a repetir esta comida, y a reconocer su presencia permanente, viva, activa, transformadora para todos.
Es la segunda respuesta a la pregunta sobre el sentido de su muerte. En ese gesto de amor tejido sobre el pan y el vino: el alimento y la alegría, la carne y la sangre; Jesús, se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida y reciban fuerza para amar y entregarse hasta la muerte.
El pasado se mantiene vivo y nos proyecta hacia el futuro. Con el lavatorio de los pies, Jesús nos muestra quién es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies, Jesús ha elevado al hombre hasta Dios, ha hecho a todos iguales y libres. Sus discípulos tendremos la misma misión : crear una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder humano, que no es un valor, al que Él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.
Jesús, desde este nuevo mandamiento y desde su presencia en los dones de pan y vino, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la nueva alianza con el Dios Salvador, como realización del Reino definitivo que había anunciado y realizado. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos es entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que se realiza definitivamente en la manifestación suprema del amor hecho servicio generoso y cotidiano.
Jesús que expresó la grandeza de su amor con su propia vida, nos muestra la medida del verdadero amor. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos con Él .
Cuando nos reunimos y comemos este pan y bebemos este cáliz, proclamamos a Jesús, muerto por amor, vivo para siempre a nuestro lado, fuerza para nuestro camino de hombres y mujeres que queremos seguirlo y seguimos buscando un mundo y una vida distinta.
Comulgar con Cristo, supone comprometerse como Él a aceptar el papel de servidores en favor de todos . Para el discípulo, la construcción de un mundo solidario y justo está esencialmente ligada con la celebración de la Eucaristía. Sin justicia no hay Eucaristía, y no hay justicia que redima sin Eucaristía que la sostenga.
El amor de Jesús es el mismo amor con que Dios ama a los hombres; Dios ama a los hombres "lavándoles los pies". El Dios que nos muestra Jesús es un Dios servidor de los hombres, que acepta estar por debajo de éstos para, desde abajo, poder levantarlos, elevarlos. En esta nueva humanidad, todos los hombres son igualmente señores, porque todos son igualmente servidores; y quien quiera ser discípulo no tiene otra tarea que continuar sirviendo para continuar creando condiciones de libertad, de igualdad, de fraternidad entre todos los hombres.
La comunidad cristiana verdadera, se define por su capacidad de servicio, y no por la grandeza de sus estructuras, ni por el brillo de sus logros. Sentirse hermano del otro, es sentir la alegría del servicio que nunca es humillación, sino verdadera grandeza. El servicio, vivido desde la fraternidad, convierte al cristiano en otro Jesús y la vida diaria en manifestación del Reino.
Para discernir
¿Vivo cotidianamente la unidad entre el gesto del lavado de los pies, la Eucaristía y la muerte de Jesús en la Cruz?
¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en este momento de mi vida?
¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?
Después de haber experimentado la humanidad tantos fracasos, ¿Podemos esperar un nuevo amanecer para el mundo, una transformación de nuestras costumbres y relaciones, un surgir de la paz que sea fruto de la verdad y la justicia?
El ritual de la Pascua es la memoria histórica del pueblo de Israel que, esclavo en Babilonia, quiere responder a los anhelos de libertad. Al principio, la Pascua y los Panes ázimos eran dos fiestas distintas. La Pascua, de origen preisraelita, era una fiesta de pastores para celebrar, en la primavera, el nacimiento de las ovejas, y utilizaban la sangre para ahuyentar a los malos espíritus; la de los ázimos, era una fiesta agrícola que comenzó a ser celebrada, cuando Israel entró en la tierra prometida y solamente después, de la reforma de Josías, fue integrada a la Pascua.
La liberación de los antepasados de Egipto, era el comienzo de una nueva vida. El compartir será el pilar de esta nueva sociedad. La Pascua es el fin de los días de opresión, días de hierbas amargas. El pueblo tiene apuro, no hay tiempo que fermente la masa para el pan y está preparado para el viaje que lo llevará fuera de la esclavitud. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora. Pero la salvación, a medida que se desarrolla la revelación, será salvación del pecado.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo"
Jesús se reúne con sus discípulos. La cena de aquella noche era la cena del pueblo liberado, la gran fiesta del pueblo de Israel que se reunía para repetir y volver a hacer presente que el Señor, con brazo poderoso, liberó las débiles tribus hebreas de la esclavitud del faraón. El Señor había hecho suya la causa de los pobres , para hacerlos salir hacia una nueva tierra, una tierra que había de ser construida en la solidaridad, en la justicia, en la fraternidad.
La carne de aquel cordero, asada y comida sin perder tiempo, las verduras amargas de la aflicción, son los signos repetidos año tras año, que le recuerda al pueblo quién es el Dios en quien hay que creer, quién es el Dios verdadero.
Jesús y los discípulos, seguramente desde pequeños, han celebrado este memorial, y han repetido la memoria del Dios que libera, del Dios que siempre se coloca a favor de los débiles. Pero esta noche, el memorial de la liberación está tomando un sentido nuevo, un significado distinto, porque en el horizonte cercano, se vislumbra ya la muerte, el término de aquella historia de entrega total, de anuncio de una nueva manera de vivir, de proclamación del amor infinito de Dios para todos los hombres.
El evangelio de Juan no habla de la Eucaristía como lo hacen los sinópticos. Para Juan, la Nueva Pascua tendrá como fundamento el amor y el servicio. En este contexto, como primer gran signo; Jesús se levanta de la cena y se pone a lavar los pies a los discípulos.
La vida entera de Jesús está resumida en este gesto : sus palabras, sus milagros, su amistad con los pecadores, su llamada a la conversión, su defensa de la verdadera vida humana, su simplicidad y su fuerza, su muerte, toda su vida es vida de comunión con los hombres, de servicio.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".
El gesto de Jesús tiene la cruz en el horizonte. Se quita el manto, así como le serán quitados los vestidos, los amigos e incluso su vida misma, en la última y más grande manifestación de su amor. El lavado ritual de los pies para purificarlos, que habitualmente hacían los esclavos, es eco de todo el evangelio: la purificación del leproso, la liberación del endemoniado, la curación del ciego, la resurrección del joven, la libertad vivida y comunicada. La vida entera de Jesús, su muerte y resurrección, han sido la purificación del hombre, la recuperación de nuestra vida, la liberación de nuestras esclavitudes, la nueva realización de la paz, la alegría, la esperanza, la libertad fundadas en un amor de servicio. La purificación para poder sentarse a la Mesa del Reino, donde los hombres se sirven unos a otros; la humanidad renovada en el amor.
Los que quieran ser sus discípulos también tienen que hacerlo. Es la primera respuesta a aquella pregunta que, ante este gesto y el anuncio de su muerte, anidaba en el corazón de los discípulos. La muerte de Jesús, muestra cuál es la manera de vivir que realmente merece la pena: poner la vida entera a los pies de los demás, al servicio de los demás. Él lo hizo totalmente: su cruz constituye el testimonio definitivo.
Y después, Jesús, realiza otro gesto. Toma pan, toma el vino, y lo parte y lo reparte a sus discípulos y nos invita a repetir esta comida, y a reconocer su presencia permanente, viva, activa, transformadora para todos.
Es la segunda respuesta a la pregunta sobre el sentido de su muerte. En ese gesto de amor tejido sobre el pan y el vino: el alimento y la alegría, la carne y la sangre; Jesús, se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida y reciban fuerza para amar y entregarse hasta la muerte.
El pasado se mantiene vivo y nos proyecta hacia el futuro. Con el lavatorio de los pies, Jesús nos muestra quién es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies, Jesús ha elevado al hombre hasta Dios, ha hecho a todos iguales y libres. Sus discípulos tendremos la misma misión : crear una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder humano, que no es un valor, al que Él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.
Jesús, desde este nuevo mandamiento y desde su presencia en los dones de pan y vino, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la nueva alianza con el Dios Salvador, como realización del Reino definitivo que había anunciado y realizado. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos es entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que se realiza definitivamente en la manifestación suprema del amor hecho servicio generoso y cotidiano.
Jesús que expresó la grandeza de su amor con su propia vida, nos muestra la medida del verdadero amor. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos con Él .
Cuando nos reunimos y comemos este pan y bebemos este cáliz, proclamamos a Jesús, muerto por amor, vivo para siempre a nuestro lado, fuerza para nuestro camino de hombres y mujeres que queremos seguirlo y seguimos buscando un mundo y una vida distinta.
Comulgar con Cristo, supone comprometerse como Él a aceptar el papel de servidores en favor de todos . Para el discípulo, la construcción de un mundo solidario y justo está esencialmente ligada con la celebración de la Eucaristía. Sin justicia no hay Eucaristía, y no hay justicia que redima sin Eucaristía que la sostenga.
El amor de Jesús es el mismo amor con que Dios ama a los hombres; Dios ama a los hombres "lavándoles los pies". El Dios que nos muestra Jesús es un Dios servidor de los hombres, que acepta estar por debajo de éstos para, desde abajo, poder levantarlos, elevarlos. En esta nueva humanidad, todos los hombres son igualmente señores, porque todos son igualmente servidores; y quien quiera ser discípulo no tiene otra tarea que continuar sirviendo para continuar creando condiciones de libertad, de igualdad, de fraternidad entre todos los hombres.
La comunidad cristiana verdadera, se define por su capacidad de servicio, y no por la grandeza de sus estructuras, ni por el brillo de sus logros. Sentirse hermano del otro, es sentir la alegría del servicio que nunca es humillación, sino verdadera grandeza. El servicio, vivido desde la fraternidad, convierte al cristiano en otro Jesús y la vida diaria en manifestación del Reino.
Para discernir
¿Vivo cotidianamente la unidad entre el gesto del lavado de los pies, la Eucaristía y la muerte de Jesús en la Cruz?
¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en este momento de mi vida?
¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?
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