Cuaresma 2010 - Semana 3

LA HIGUERA EN LA VIÑA



Éxodo 3, 1-8a. 13-15
Salmo 102
1Corintios 10, 1-6. 10-12
Lucas 13, 1-9


Sabemos que con muchísima frecuencia Israel es comparado con una vid, pero también se ha comparado a Israel con una higuera. Es interesante que ambas imágenes se mezclan algunas veces en los profetas (Jer 8,13; Os 9,10; Mi 7,1).

La vid representa a Israel y la higuera a Jerusalén, probablemente el uso de ambas imágenes tiene como intención simplemente reforzar la idea (ver Mi 4,4) y que quede muy claro de quienes se está hablando, de Israel, y de ese modo mover a la conversión (metánoia) que es el centro de toda la unidad.

El propietario del campo ha ido a buscar frutos en la higuera y no los ha encontrado. Lo ha venido haciendo desde hace tres años y ahora, finalmente, está decidido: cortará la higuera. Lo sorprendente ocurre con la intercesión del viñador: él se ocupará de dar alimento y bebida a la planta y mueve al dueño a una nueva y última esperanza, en este caso un año.

Este será la última oportunidad del árbol de dar frutos, sino será cortado. Como otras parábolas, el final permanece abierto, no sabemos si la higuera dio o no el fruto esperado, como no sabemos si el hijo mayor entró a la fiesta del padre por el regreso del hijo menor.
 
 
AMDG

Cuaresma 2010 - Semana 2

LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS



Génesis 15, 5-12. 17-18


Salmo 26


Filipenses 3, 17-4, 1


Lucas 9, 28b-36


La alusión "seis días después" con que comienza el relato evoca la definitiva Creación, y nos hace contemplar la transfiguración de Jesús como el Sábado definitivo. La escena ocurre en dos tiempos: en el primero predomina lo visual y los discípulos contemplan a un Jesús envuelto en luz y siendo punto de encuentro de dos personajes emblemáticos de la historia de Israel. Los acontecimientos son contados desde el punto de vista de los discípulos y su relación con los otros tres personajes es de distancia y no participación: la escena se desarrolla en pleno cielo y ellos aparecen fuera de ese ámbito y sin palabra. Si Pedro pide hacer una tienda para Jesús, Moisés y Elías, es porque la situación no es habitable para ellos que se encuentran fuera de ella.



En un segundo momento la situación se invierte: desaparece todo lo visual a favor de lo auditivo y ya no hay más punto de referencia que la voz del Padre que revela su relación con su Hijo en términos de complacencia y amor. La escena ya no acontece ante ellos, ahora la nube luminosa los envuelve y cubre como una tienda. Los discípulos están ya dentro de la escena, inmersos en el claroscuro de la nube. Los que al inicio eran sólo espectadores de la luz de la gloria divina, ya no ven sino que oyen, la voz se dirige a ellos y los invado un temor que los hace caer rostro en tierra. El imperativo que reciben no es a ver una imagen fija o medible, sino a escuchar una voz que no se sabe de antemano lo que va a decir. Tendrán que fiarse en obediencia, día a día, sin saber dónde los llevará ni cómo la encontrarán.



LA ASCENSIÓN A LA MONTAÑA



El segundo umbral de nuestra hoja de ruta es un paso de montaña. Lugar de encuentro con el misterio que nos fascina y nos aterroriza. Ascender será una manera de adentrarnos en la soledad del corazón. Porque subir a la montaña es iniciarse en la ascensión del corazón.



El corazón tiene sus pasos, sus veredas, sus desfiladeros y por todos ellos hay que transitar para ascender al encuentro de Aquel que siempre nos espera en la cumbre, entre nubes, inaccesible para los que no quieren arriesgar sus pies en la aventura.



Hay que tomar una decisión previa: con quienes queremos iniciar el ascenso, con qué apoyos humanos, con qué recursos. Si tenemos fortaleza de ánimo para el duro camino, para sortear los obstáculos, para confiar en Quien desde lo más íntimo del corazón nos guía.



Con Jesús, sus tres amigos emprenden la subida al monte de Dios, y nos invitan a tomar su mano y a acompañarles en la aventura. Animosos alcanzaremos con ellos la cima, pero sin saber lo que allí nos aguarda.



El carisma y la profecía coinciden de forma misteriosa en un horizonte de cruz. Por eso cuando la conversación de Jesús con ellos se hace más densa y peligrosa, cuando la sombra del fracaso se abre paso entre sus comentarios, nos entra miedo y nos sobrecogemos como los tres amigos, apegados a la tierra.



La Sombra del Altísimo nos cubre como a María y la Fuerza del Misterio nos levanta de nuestra ensoñación. No hay que hacer tres chozas, sino bajar a la llanura de Esdrelón y continuar la tarea de sanación y de anuncio.



El umbral de la montaña tiene doble dirección: subimos para bajar. Nos adentramos en el misterio numinoso de la Presencia para salir fortalecidos y seguir caminando junto a Jesús hasta el próximo umbral.



¿Sabremos o no sabremos atravesarlo?
 
 
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Cuaresma 2010 - Semana 1

LAS TENTACIONES DE JESÚS


Deuteronomio 26, 4-10
Salmo 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13

La tradición bíblica pone en boca de Dios este recuerdo idílico de la etapa del desierto: "Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto" (Jer 2,2). Por eso evoca esa etapa de la historia de Israel como un lugar de desposorios entre Dios y un pueblo que se sintió conducido, alimentado y cuidado por su Señor a lo largo de aquellos 40 años.

Sin embargo su respuesta fue en muchas ocasiones infidelidad, adulterio, desconfianzas, dudas, murmuraciones e idolatría: "No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando me tentaron vuestros padres y me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras" (Sal 95, 8). Y es que Israel añoraba las seguridades de Egipto y las prefería a una vida confiada únicamente al cuidado de Dios.

A pesar de ello, será en el desierto donde Él manifieste su misericordia y la esplendidez de sus dones: el agua de la roca, el maná, la nube, la Alianza en el Sinaí. Por eso el significado del desierto no es prioritariamente penitencial, sino el de un lugar privilegiado de encuentro personal y de escucha de la Palabra: "La llevaré al desierto y hablaré al corazón" (Os 2,16).



EL PRIMER UMBRAL: TIERRA SIN HUELLAS

En el comienzo de un tiempo nuevo se nos invita a pasar el umbral camino hacia el desierto, la tierra sin huellas.

Cruzar este primer umbral es dejar atrás lo cotidiano, lo conocido, lo trillado. Ir desde los caminos apisonados, que ya se han hecho senda, carretera o incluso autopista por donde sabemos conducir apresuradamente para descubrir el descampado, el lugar sin caminos, los trazos del viento sobre la arena. Todo cambia con cada racha de viento o con cada luz del día. Todo es incierto: atravesar el desierto es tener orientarse por las débiles señales que en cada ocasión nos sorprenden.

Cruzar el umbral de lo banal para descubrir en el desierto lo extraordinario de la vida. La fascinación de un atardecer en el que la Voz clama y la Palabra nos despierta al gozo de una transformación inesperada, a un cambio de vida.

Si nos atrevemos, al otro lado no es la soledad lo que descubrimos, no es el asilamiento del vacío. Es la palabra del Hijo que hace de las piedras panes, del protagonismo exacerbado servicio humilde, de la tentación del poder adoración. Es la palabra que en el desierto aprende a caminar como los niños: agarrados a la mano de la madre, del Misterio luminoso y protector.

Demasiados caminos transitados guardamos en las botas como para arriesgarnos de nuevo en la aventura. Pero la mochila que tenemos a la espalda nos pesa y nos hunde a cada paso en el fango movedizo de nuestro frágil corazón.

Todo queda en silencio ante la decisión que deberemos tomar para gustar lo nuevo, o para agotarnos cada vez más en la esterilidad de una vida que ya no nos alimenta, sino que nos desgasta las fuerzas y nos va haciendo perder poco a poco la energía vital.


Cruzar el umbral o quedarse a este lado. Esa es la invitación de esta nueva hoja de ruta. Quedarnos como estamos o intentar el cambio que se nos promete. Ese es, realmente, el problema.

Jesús en el desierto, tentado y victorioso, nos invita, nos llama.


AMDG::...