Martes 31/05: Encuentro de Oración

La Misión Universal de los Apóstoles
Meditación: Mt. 28, 16-20.

A través de la meditación nos acercamos al texto haciendo uso de nuestro entendimiento (racionalidad), nuestra memoria y nuestra voluntad, pero sin olvidarnos de nuestro cuerpo, porque nuestras sensaciones y emociones también forman parte de la oración.

La oración ignaciana es un espacio para compartir con Dios, donde nos volvemos conscientes de su presencia y compañía y le ofrecemos y compartimos lo que somos; cómo estamos; nuestra historia. Por eso, la oración ignaciana es un encuentro muy personal y de profunda intimidad con Dios.

Momentos de la oración:

1. Preparación para la oración

El primer paso de la meditación es buscar un lugar y una posición en el que me sienta cómodo, para poder concentrarme durante la oración sin distraerme.

Habiendo encontrado un espacio y una posición cómoda, me aboco a contactarme conmigo mismo. Busco serenar mi mente, mis pensamientos, tomar consciencia de dónde estoy, situarme en el ahora, trato de sentir mi cuerpo, mi respiración, y de respirar profunda y suavemente.

Una vez que me situé en el ahora, me pongo en presencia de Dios con algún signo que marque el inicio de mi oración. Puede ser una señal de la cruz, un gloria, u alguna oración que sepa que me llega más y que me ayuda a entrar en la presencia de Dios.

2. Petición

Ya conscientes de que estamos en oración, realizamos una petición: Esta petición es personal, es algo que yo le quiero pedir a Dios. Ayuda a la oración que la petición esté relacionada con el texto que vamos a meditar. Si durante la oración me distraigo con pensamientos o cosas pendientes, del trabajo, etc, cuando me doy cuenta “las dejo pasar” y vuelvo a retomar la oración repitiendo la petición. En este sentido, la petición me puede servir como un ancla para permanecer en la oración.

Para la meditación de hoy, una petición podría ser: Señor, ayudame a reconocerte y a dar testimonio de tus enseñanzas.

3. Escucho a Dios

Habiendo rezado la petición, realizo una lectura pausada y pensada de la palabra de Dios, hasta sentir que alguna oración o alguna palabra del texto “me resuene”, me despierte alguna emoción, o sea disparador de algún sentimiento. Ahí detengo la lectura, y me quedo dando vueltas en esa frase o palabra, trato de profundizar, de sentir, de gustar internamente, de ver cómo la frase o palabra se relaciona con mi estado de ánimo, con mi historia, con quién soy. Trato de sentir con el corazón, con mi parte afectiva, qué me dice a mí la palabra de Dios, y de gustarlo.

El texto que vamos a meditar hoy es el correspondiente al domingo próximo: Mt.28,16-20.

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”.

3.1 Para profundizar en la oración:

Los discípulos respondieron al llamado de Jesús. Querían encontrarse con él, lo estaban buscando y, siguiendo las indicaciones de Jesús, por fin lo encontraron! Sin embargo, algunos todavía dudaron… Se preguntaban: ¿Será verdaderamente Jesús? ¿No será mi imaginación, mis ganas de que sea? ¿No será mi inconsciente? ¿No me estaré confundiendo? Y a pesar de las dudas, de la falta de Fe, a pesar de no ser reconocido, Jesús no se va, sino que permanece. Se queda junto con quienes creen y con quienes dudan o no creen.

Jesús no solamente permaneció, sino que se acercó. Es él quien se acerca, y les dice: vayan y hagan que TODOS los pueblos (es decir, no solamente los judíos buenos del pueblo elegido, sino todos los hombres y mujeres, buenos y malos, los que creen y los que dudan, los que me caen bien y quienes no) sean mis discípulos. Vayan y enséñenles lo que yo les enseñé, y bautícenlos.

El bautismo es una nueva oportunidad. Es una oportunidad para aceptar el acercamiento de Dios, a pesar del pecado. El Génesis cuenta que, después de pecar, Adán se escondió de Dios (Gn. 3, 8). Estaba desnudo y se cubrió, ya no se animó a mostrarse como era porque pensaba que ya no era digno, ya no merecía el amor de Dios, y se alejó.

Pero el amor de Dios es mucho mayor que el pecado del hombre. Y Dios se acerca otra vez, se acerca tanto que se hace hombre, para estar lo más cerca posible de nosotros, y nos dice: No dejes que tu pecado te aleje de Mí. Mi amor es mucho mayor que tu pecado. Ya sé de tus imperfecciones. No te escondas. El bautismo es eso, borra el pecado original, lo vuelve nada.

Y este amor incondicional y gratuito de Dios es una de las enseñanzas que estamos invitados a transmitir a “todos los pueblos”. Jesús enseñó este aspecto de Dios con la parábola del Padre Misericordioso (Hijo Pródigo; Lc. 15, 11-32). En ésta parábola Jesús nos dice: Olvidate de tu pecado y volvé a casa, porque el amor del Padre es muy superior a tu pecado. Pero muchos todavía dudamos, y pensamos: ¿cómo me voy a acercar si no merezco ser llamado hijo suyo? Y Él sigue esperando a que algún día por fin demos el paso y nos permitamos a nosotros mismos acercarnos a Él.

¿Pero por qué dudamos tanto? Porque nos cuesta mucho entender y creer verdaderamente en la gratuidad y la incondicionalidad del amor de Dios. Nuestra racionalidad es diferente a la racionalidad de Dios. Nosotros tendemos a pensar, sentir y actuar en términos de reciprocidad. Si alguien me trata bien, entonces yo lo trato bien, pero si me trata mal… Por eso, nuestro amor es condicional. Pero a pesar de nuestro pecado, y a pesar de que nos alejemos, Él sigue cerca, y va a permanecer cerca nuestro, hasta el fin de nuestra historia, y hasta el fin del mundo.

Una vez que hayamos experimentado e internalizado esto en nosotros mismos, a pesar de nuestras dudas, quizás nos resulte más fácil (o menos difícil) enseñarlo a otros con palabras, con obras, y con nuestra vida.

4. Coloquio

Habiendo profundizado en el texto con mi entendimiento y mi afectividad, me dispongo a hacer un cierre de la oración con un coloquio, un diálogo libre con Jesús, “como un amigo habla a otro amigo”.

5. Examen

Por último, queda el examen de la oración, donde busco discernir qué ocurrió durante mi oración, qué sentí, qué pensamientos aparecieron y cuándo, cómo me sentí cuando aparecieron y cómo me siento ahora, y qué siento que me invita a hacer esa oración (mociones o movimientos), pero sin hacer juicio de valores. Es bueno escribir durante el examen.

Martes 17/05: Taller Ignaciano

La presencia de Dios

Espiritualidad Ignaciana

San Ignacio de Loyola (siglo XVI) tuvo una fuerte experiencia mística de Dios, a partir de encuentros personales con el Señor y consigo mismo, que después condensó en su libro “Ejercicios Espirituales”.

“Con este nombre Ejercicios Espirituales se quiere significar todo modo de examinar la conciencia, meditar, contemplar, orar vocal o mentalmente así como de otras actividades que más adelante se explicarán. En efecto así como pasear, caminar y correr son ejercicios físicos, de la misma manera cualquier modo que ayude a preparar y disponer el alma para quitar los afectos desordenados y, después de quitados para buscar y encontrar la voluntad divina y salvar el ánima, se llaman Ejercicios Espirituales.” [EE 1].

La oración consiste en ponerse en la presencia de Dios con las manos abiertas y el corazón dispuesto. No resulta tan fácil vivir con las manos abiertas porque durante la vida se quedan pegadas muchas cosas. Hay muchas cosas en la propia vida que uno no está dispuesto a soltar: posesiones, trabajo, reputación, ideas, la propia imagen. Cuando se abren las manos, estas cosas se quedan pegadas. ¡Las manos se abren pero estas posesiones no se sueltan! La oración consiste en aprender a abrir las manos y soltar todo. El Señor puede sacar o poner.

La oración no es tanto una búsqueda cuanto una espera. La espera subraya la llegada del otro. La actitud de espera expresa la propia impotencia, la propia pobreza, la propia necesidad del otro. A todo ser humano le cuesta esperar, pero uno está dispuesto a hacerlo si el otro es importante para uno. Por ello, orar es esperar a Dios. La espera enseña a ser contemplativo, porque el que espera aprende a mirar bien para ver llegar al otro.

La oración es abandonarse totalmente en las manos de Dios sin desear sacar provecho de ella. Siempre llega el momento cuando uno siente que su oración no es escuchada, cuando se considera la oración como una pérdida de tiempo, cuando uno no siente absolutamente nada en la oración. Entonces, las razones presentadas no sirven de mucho. La oración es una perdida de tiempo, o, mejor todavía, una perdida de uno mismo.

Evidentemente, la auténtica oración produce frutos, pero éstos no son la finalidad de la oración.

Muchas dificultades en la oración surgen del hecho que uno no desea entregarse, que no hay entrega, que no se abren las manos. La verdadera dificultad se encuentra en el estilo de vida y no en la oración misma. El estilo de vida diaria no concuerda con la oración. ¿Cómo es posible rezar cuando no se está dispuesto a decir sinceramente que se haga Tu voluntad?

Orar no es fácil porque exige una relación en la cual dejas que Otro llegue al centro mismo de tu persona, descubra aquello que preferirías dejar en penumbras y toque aquello que preferirías mantener intacto. Al rezar, estamos invitados a abrir los puños apretados. Por ello, una primera oración resulta muchas veces dolorosa, porque se descubre que uno no quiere soltarse.

Uno se descubre diciendo: “¡Soy así! Me gustaría que fuera diferente, pero ahora ya no es posible. Soy así, y así tendré que dejarlo”. Pero esto significa que uno ha dejado de creer que su vida podría ser de otra manera, se ha abandonado la ilusión de que una nueva vida pueda comenzar. En el fondo, se siente que es mucho más seguro aferrarse al pasado, hasta a veces doloroso, que confiar en un futuro nuevo.

El desapego, en general, se concibe como un dejar perder aquello que es atractivo. Sin embargo, otras veces, también es necesario soltar aquello que es repulsivo y al cual uno se ha acostumbrado. De hecho, uno puede quedar pegado a fuerzas tan oscuras como el resentimiento y el odio. Siempre que se busque desquite, uno se aferra a su pasado.

Pero, ¿cómo es posible abrir los puños cerrados? Ciertamente, no es a través de la violencia, tampoco mediante una decisión forzosa y voluntarista, sino colocándose en la presencia del Padre y escuchar aquellas palabras: “No tengan miedo”. Es decir, no tener miedo de Aquél que desea ingresar al espacio más intimo de uno y presentarle lo que uno realmente tiene también en su lado oscuro: la amargura, la decepción, el deseo de venganza, etc.

En la oración a veces uno quiere recibir al Otro tan sólo en los espacios limpios sin jamás invitarlo a pasar en todo el espacio del propio hogar. Entonces, es sólo apariencia y limpieza porque se oculta la suciedad y lo malo. En estas condiciones Dios no puede entrar. Pero el abrir completamente la puerta del propio hogar no es fácil y se requiere tiempo y paciencia con uno mismo para ir abriendo de a poco las propias manos.

Es un largo viaje espiritual, porque detrás de cada puño se descubre otro y a veces el proceso parece no tener fin. Es que han sucedido muchas cosas en la propia vida para dar origen a todos esos puños y, en cualquier hora del día o de la noche, se han ido apretando fuertemente lo puños por temor. Seguramente, alguien te ha dicho que tienes que perdonarte, pero esto no es fácil. Lo que sí resulta posible es abrir lentamente las manos superando paulatinamente el temor porque se está en la presencia de Aquél que sólo saber amar, Aquél que puede perdonar los pecados. Solo entonces se comienza a rezar de verdad a partir de la propia realidad y en presencia de un Dios.[1]



[1] Párrafos extraídos del libro “Encontrarme frente al otro: Camino ignaciano”. Tony Mifsud SI. Colección Espiritualidad. Editorial San Pablo.

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UNICO
Cuando me llamas por mi nombre,
Ninguna otra criatura vuelve hacia Ti su rostro
en todo el universo.
Cuando te llamo por tu nombre,
No confundes mi acento con ninguna otra criatura
en todo el universo.


Benjamín González Buelta sj
En el aliento de Dios: Salmos de gratuidad. Pag. 43

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Puntos para la oración.

La oración ignaciana es un encuentro con Dios. Es la experiencia de estar en su presencia, donde escuchamos su Palabra Y hablamos con Él.

El proceso ignaciano de la oración no se limita a un simple entender y comprender, sino que se enfatiza el sentir y gustar internamente. “En efecto”, nos dice Ignacio: “No es el saber mucho lo que sacia y satisface el alma, mas el sentir y gustar las cosas internamente” (EE Nº 2). La oración no es tanto la búsqueda de novedades cuanto la novedad de ir profundizando lo conocido.


GUÍA PARA LA ORACIÓN

.: Preparación de la Oración

1. Busco un lugar donde pueda rezar en paz y con devoción. Puede ser la Capilla, el salón o donde yo crea que puedo estar tranquilo y sin distraerme.

2. Me pongo en la Presencia de Dios:

Es calmarse delante de Dios. Es un requisito esencial porque, ordinariamente, es muy difícil pasar de las ocupaciones y preocupaciones, de las distracciones cotidianas a la oración, sin aquietarse antes, recogerse, callar por un rato.

Petición: “Pido a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad.[EE 46]

3. Escucho a Dios: No se trata de hablar sobre Dios sino de hablar con Dios, o mejor dicho, ponerse en actitud de escuchar. Es prestar atención a lo que pasa en mí. Es dejar un espacio para que Jesús ore al Padre a través de mi vida.

Leo pausadamente el Evangelio de San Juan 14, 1-12

No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy". Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?". Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto". Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".

Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.

4. Coloquio… a Cristo nuestro Señor; finalmente rezar el “Alma de Cristo”.

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti,

para que con tus santos te alabe,

por los siglos de los siglos. Amén.

5. Examen de la Oración:

La oración implica lo que uno hace y lo que uno se hace; por ello, es importante detectar los movimientos interiores que se han producido. Suele ayudar mucho anotar lo que se descubre, no tan solo a nivel de ideas sino muy especialmente a nivel de afectividad y las mociones del espíritu. (¿Qué pasó durante el tiempo de oración? ¿Qué fue lo que más me dio vuelta o cuál fue el sentimiento predominante? ¿Cuál es el estado de ánimo? ¿Qué quiere decir el Señor? ¿Tuve alguna dificultad o alguna angustia? ¿Qué me produjo paz y alegría?).

Una palabra con la que puedas resumir las gracias recibidas en esta oración…………………………

Martes 10/05: Oración

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”. Juan 10, 1–10


"Jesús dijo a los fariseos: "Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz". Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan vida, y la tengan en abundancia".

Palabra del Señor.

Preparación: Busco un lugar donde pueda rezar, determino el tiempo de oración, también una postura corporal cómoda y relajada, me tranquilizo, tomo conciencia de las sensaciones, sonidos, la respiración y del silencio.

Me dispongo a sentirme en la presencia de Dios: le abro la puerta de mi corazón. Busco encontrar en mi interior la presencia del Señor y eso es lo único importante… Me presento ante Él. Siento que Dios me ama, me mira, me escucha, me conoce

Petición: “Jesús que junto a vos pueda tener vida y en abundancia…..”

Composición de lugar: Nuestra propia vida, familia, amigos, trabajo, compromiso social y político, comunidades, apostolados, estudio….Mis momentos de contemplación que fortalecen mi acción….

Escucho a Dios: Leo despacio el texto con el que voy a rezar gustando cada palabra, cada frase, cuando encuentro algo con un sabor especial o donde siento que Dios me habla, me detengo, repito suavemente la frase, trato de meditar con el corazón, con los afectos. No es necesario terminar el texto, lo importante es profundizar y detenerme donde Dios me da a sentir algo especial. No se trata ni de pensar, ni de hacer reflexiones, sino sentir y gustar internamente.

Comentarios: Este evangelio es parte de un discurso más amplio dirigido a los judíos fariseos; esta enmarcado por el episodio de la curación del ciego de nacimiento. La ceguera es el símbolo de la falta de fe de los fariseos, de su incapacidad de comprender, de su rechazo y resistencia a la revelación de Jesús. En el capítulo 9, Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo”. El ciego de nacimiento es curado y cree en Jesús. Los fariseos, por el contrario, resultan ser los verdaderos ciegos, incapaces de creer.

En el capítulo 10, Jesús dice: “Yo soy la puerta”, “Yo soy el buen pastor”, pero se dice que los fariseos no comprendían, incluso piensan que está loco y poseído por el demonio; no creen; continúan estando ciegos. Es a estos personajes faltos de fe a quienes Jesús dirige las palabras de nuestro evangelio de hoy.

Los personajes que aparecen: ovejas, ladrones y bandidos, pastor, portero. ¿Qué personas están simbolizadas en estos personajes? - Ovejas: Representan al pueblo de Dios y a los discípulos. El texto más conocido es el del profeta Ezequiel, dedicado a los pastores de Israel que, en lugar de cuidar del rebaño, se apacientan a sí mismos, por lo que les dice Dios: “Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34,11).

- Ladrones y bandidos: Jesús se está refiriendo a los fariseos y dirigentes judíos en general. Los dirigentes son “ladrones” porque explotan al pueblo, en lugar de servirle y conducirle a Dios (cf. Mc 12,40; Mt 23,14; LC 20, 47). Son también “bandidos”. Bandido es el que usa la violencia, como ellos la usarán con Jesús y con sus seguidores, hasta el punto de darle muerte. Como la usaban ya con quienes se adherían a Jesús, expulsándoles de las sinagogas (cf. Jn 9, 22.34).

- Pastor: Es Jesús, cuya voz reconocen y escuchan sus ovejas. Él va delante de ellas, como Pastor y Maestro, y sus ovejas le siguen. Las ovejas son los discípulos, el nuevo pueblo de Dios. Éstos no conocen ni escuchan ni obedecen otra voz, ni a otro maestro, ni a otro pastor distinto de Jesús.

Aunque los escribas y fariseos quieren ser pastores y maestros del pueblo, Jesús dice que sólo hay un Maestro, Cristo, que no ha venido a aprovecharse del pueblo, sino a servirle y darle vida. Otra imagen que usa Jesús para hablar de sí mismo es “la puerta”. Por él se entra en un ámbito de salvación, de libertad y de vida que ni las instituciones judías ni sus dirigentes podían dar.

“Yo soy la puerta, si uno entra por mí, estará a salvo...” “Entrar” por Jesús es acercarse a Él, conocerle, creer en Él, amarle, seguirle, guardar su palabra... Vivir desde dentro de Jesús. Sentir, pensar, actuar, elegir desde Jesús. En Él quedamos a salvo de todo lo que amenaza nuestra vida: el pecado y la muerte. En El encontramos el alimento que necesitamos: su carne, su sangre y su palabra.

Hoy podemos meditar en estas dos imágenes de Jesús: la puerta y el pastor.

1. ¿Qué te sugiere la imagen de la puerta? ¿ que camino se te abre si entras por Jesús?

2. La voz del pastor: la palabra “voz” aparece repetida tres veces en el evangelio de hoy. Sus ovejas “escuchan su voz”, “conocen su voz”, “no conocen la voz de los extraños”. ¿Cómo es tu familiaridad con “la voz” de Jesús?

3. Jesús es el buen Pastor que te conoce por tu nombre, te llama y te llena de vida. ¿Experimentas su cuidado y protección o te resulta difícil reconocer su guía providente?

Luego sigue la parábola que nos pone en contacto con lo fundamental de la tarea del Reino: hacer vida la entrañable misericordia de Dios que es Buen Pastor, Padre de los Hijos pródigos, pastor de la oveja pérdida, capaz de perdonar al que mucho debe…Jesús ante el futuro lo miraba con la misericordia de Dios.

Nuestro carisma ignaciano nos invita a ser contemplativos en la acción, a descubrir a Dios en todas las cosas del mundo. También a ser hombres y mujeres para los demás.

Principio y Fundamento (EE 23), El hombre es creado para alabar, reverenciar y servir a Dios, y las otras cosas de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado………..El hombre ha de usar de ellas tanto cuanto le ayuden para su fin,………solamente deseando y eligiendo lo que conduce al fin para el que somos creados.

Estamos invitados a saber leer los signos de los tiempos que vivimos e interpretarlos bien desde la Palabra en oración y diálogo espiritual con otro (acompañamiento, discernimiento).

Aprovecho este encuentro de hoy con El y le comparto sobre mi vida, sobre mis acciones, sobre mis amistades, sobre mis momentos de contemplación.

Entendimiento (re-flexión, comprensión, pensamientos) trato de darle nombre a cada elección que El me invita a seguir y aquellas opciones que no me conducen al fin de mi vida.

Me despido con reverencia, y le doy gracias por este encuentro. Termino con una oración. Querido Jesús compañero y amigo del alma, dame la gracia de sentir tu presencia en mi vida que sos mi buen pastor, que me regalaste el don de la vida y para que viva en abundancia. Dame la gracia de confirmar mi vocación para más amarte y servirte, te quiero mucho Jesús…

Coloquio: Elijo con que persona cercana (Jesús, algún santo amigo, la virgen) quiero hablar, un diálogo libre de corazón a corazón…

Examen de la Oración El examen es volver a mirar, a recordar, para describir lo que me pasó durante la oración… Entonces con todo mi ser y en especial las tres potencias: Memoria (sentimientos, afectos, recuerdos) – Entendimiento (ideas, conexiones, reflexiones, comparaciones) – Voluntad (deseos, ganas, opciones). Miro las imágenes, los pensamientos que surgieron a raíz de las imágenes y los sentimientos que se me producen a raíz de las imágenes y pensamientos…

Lo fundamental es: ¿Qué es lo que me pasó? ¿Cómo me quedé? ¿Qué mociones (movimientos) descubro que tuve? Describir y Escribir.

* ¿Cómo estoy? ¿Cómo comencé? ¿El lugar, sirvió? ¿Tuve distracciones? ¿Qué me distraía? ¿Qué pensamientos me vinieron? De todas las frases que leí, ¿cuál fue la que me gustó? ¿Qué sentí? ¿Qué sentimientos predominaron? ¿Cómo terminé la oración? ¿Cómo me sentía?

Una vez que escribiste todo esto, describí todos los sentimientos que pudiste encontrar en todas las partes de la oración. Por ahora, advierto lo que siento y lo describo. Y lo escribo. En dónde sentiste más gusto, o al contrario, más disgusto, y también qué sentimiento te dominó…