La resurrección de Jesús es esperanza en primer lugar para los crucificados.
Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los crucificados de la historia. No hay que olvidar que son hoy millones en el mundo los que no simplemente mueren, sino que de diversas formas mueren como Jesús "a mano de los paganos", a mano de los modernos idólatras de la seguridad nacional o de la absolutización de la riqueza. Muchos seres humanos mueren realmente crucificados, asesinados, torturados, desaparecidos por causa de la justicia.
Otros muchos millones mueren la lenta crucifixión que les produce la injusticia estructural. Existen hoy pueblos enteros convertidos en piltrafas y deshechos humanos por las apetencias de otras personas, pueblos sin rostro ni figura, como el crucificado. Por ello podrán tener el coraje de esperar su propia resurrección y podrán tener ánimo ya en la historia, lo cual supone un 'milagro' análogo a lo acaecido en la resurrección de Jesús.
En la cruz de Jesús ha aparecido en un primer momento la impotencia de Dios. Esa impotencia por sí misma no causa esperanza, pero hace creíble el poder de Dios que se mostrará en la resurrección. La razón está en que la impotencia de Dios es expresión de su absoluta cercanía a los pobres y de que comparte hasta el final su destino.
Si Dios estuvo en la cruz de Jesús, si compartió de ese modo los horrores de la historia, entonces su acción en la resurrección es creíble, al menos para los crucificados.
JON SOBRINO s.j.
Viernes Santo...
…Por sus heridas fuimos sanados…
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere un hombre fuera de la ciudad, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo. ¿Por qué se pregunta el pueblo que había puesto en el su esperanza? ¿Por qué… pregunta que late siempre cuando roza el dolor?
¿Por qué las victimas inocentes de la violencia bestial de los hombres? ¿Por qué la muerte de aquella persona indispensable para su familia? ¿Por qué ese pequeño ataúd con ese inocente que no llegó a conocer la vida? ¿Por qué la injusticia, el dolor sin culpa, las calumnias, el egoísmo desencadenado, las guerras, el odio racial, las masacres, los chicos deformes? Le exigimos a Dios que responda, que se justifique y sin embargo parece que callara y jugara con su silencio y nuestra espera.
Y este viernes Santo venimos a la cruz, trascendiendo toda razón lógica, buscando en ella lo que ni las palabras, ni los argumentos pueden contener. No venimos a contemplar un sufrimiento más grande que nos resigne, ni a presenciar un espectáculo macabro que nos distraiga de nuestro dolor.
Venimos y contemplamos a aquel que “para esto ha venido al mundo”, venimos y contemplamos al el "Rey de reyes y Señor de los señores" que como Siervo de Yahvé se nos presenta humillado y despreciado, varón de dolores, que ni siquiera tiene aspecto humano. Solidario con el pecado de la humanidad, pesan sobre él todos nuestros crímenes y entrega su vida para que poseamos la vida.
El Viernes Santo, desde su oscuridad y dolor es el día de la gran respuesta. Dios no ha venido a eliminar el dolor humano o a presentarnos un piadoso discurso sobre el sufrimiento. No nos da explicaciones, ha hecho algo más grande y más importante. Algo inexplicablemente divino. Ha venido a compartir, a participar, a cargar sobre sí el dolor de los hombres. Por eso lo que brilla con mayor esplendor en la cruz no es el pecado del hombre ni la cólera de Dios, sino su amor que no conoce medida.
El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”, logra su plenitud cuando en la cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también en función de nosotros. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas... para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Es la libertad que se hace don de amor y no la consecuencia de la debilidad. “Doy mi vida para recobrarla de nuevo... yo la doy voluntariamente”.
Mirando la cruz comprendemos su vida y mirando su vida comprendemos la cruz. Asumió la muerte del mismo modo que asumió la vida toda: con alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos. No buscó la cruz por la cruz. Predicó y vivió el amor y mostró lo que se necesita para que pueda haber amor.
Quien ama y sirve, no crea cruces para los demás, acepta y asume cruces: las propias y las ajenas. Anunció la buena nueva de la Vida y del Amor que transforma. Se entregó por ella y el mundo lo levantó en el madero de la cruz.
Sabía que se jugaba la vida y no temió perderla, prefirió ser consecuente antes que cobarde. Vivió apasionadamente y murió de la misma forma, en él todo fue pasión. Le perdió el respeto a la muerte y venció el temor que impide vivir con coraje el presente. Sólo se puede vivir con intensidad el momento presente cuando uno olvida los juicios, las historias, del pasado y deja de lado los prejuicios, las histerias y temores, del futuro. (El pasado es como el diario de ayer: se lee y luego se tira para que sea reciclado; no se pierde nada de el, pero no lo volvemos a leer, nos interesa en la medida en que es actualidad. Y el futuro es una novela por escribir, la iremos escribiendo poco a poco, página a página, es un quehacer, un porvenir que nos irá sorprendiendo en la medida en que lo vivamos. Lo que importa es el presente.) Cuando la nostalgia del pasado ocupa el puesto de la esperanza del futuro la crisis del presente está servida.
La cruz fue consecuencia de un anuncio nuevo y total. El no huyó, no contemporizó. Continuó amando, a pesar del odio. Fue crucificado por fidelidad a Dios y crucificado por los hombres y para los hombres por amor y fidelidad a los hombres.
Su dolor transfiguró el dolor y la condenación a muerte, haciéndolos un acto de libertad y de amor, un acceso posible a Dios y un nuevo vínculo con aquellos que lo rechazaban. “Padre no saben lo que hacen” Perdonó: la forma dolorosa del amor. “Te encomiendo mi espíritu”: total olvido de sí mismo en la entrega confiada a Aquel por quien se puede arriesgarlo todo. Perdón y confianza, las formas por las cuales no dejamos que el odio y la desesperación se queden con la última palabra.
Morir así confiado y entregado ya nos revela la resurrección, que es la plenitud de la Vida, presente dentro de la vida y de la muerte.
Morir así es vivir. Dentro de esta muerte de cruz hay una vida que no puede ser destruida. Ella está oculta dentro de la muerte. No viene después de la muerte. Está dentro de la vida de amor, de solidaridad y de coraje para soportar y de morir. La cruz es hora de pasión, pero también de glorificación. Pasión y resurrección, vida y muerte. Vivir y ser crucificado así por causa del amor, de la justicia y por causa de Dios, es vivir.
La muerte de Cristo no es sólo el morir de un hombre, es revelación del amor de Dios en el mundo; ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu.
¿Dónde está muerte tu victoria? Eso es la cruz: la señal del sufrimiento de los hombres que Dios recibe para cargar sobre sus espaldas. Dios se ha posesionado de todo dolor para abrirlo desde la resurrección a la esperanza. La última palabra siempre la tiene Dios y es palabra de triunfo.
Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. Sólo podemos afirmar esto de cara a la cruz, mirando hacia el Crucificado que ahora es el Viviente.
Es la gran paradoja de este día: el que muere como un esclavo es reconocido por la fe como el hombre nuevo que hace nuevas todas las cosas, con un nombre sobre todo nombre. En la cruz se entierra el pasado termina el imperio del pecado y de las tinieblas y comienza la era de la luz y de la vida.
Es la gran paradoja de este día. La muerte no es el límite; sino el trampolín, el reto para la vida y la libertad.
Es la gran paradoja de este día: la vida sirve para desvivirse en ella. La recobramos en la medida en que la perdemos, perderla es ganarla. Quien interpreta así la vida crece en libertad y puede ser fiel en cada instante de su existencia; sabe que lo puede ganar todo y no teme perder nada, porque nada pierde el que todo lo dio.
Es la gran paradoja de este día: la vida no se vende al mejor postor, sino que es de aquel que apuesta por ella. Quien vende su vida pierde su historia. Tan solo hay dos formas de ser y estar en este mundo: viviendo la vida o dejando que otros te la dicten y vivan. O como autor y actor de tu propia existencia o como un pasivo representante de la misma.
Es la gran paradoja de este día: la debilidad es fortaleza y la fortaleza es vulnerabilidad que nos hace permeables a ser amados y amar, orgullosos de sentirnos necesitados. En la cruz el amor auténtico ya fue probado y no será mera posibilidad humana, sino don fecundo de Dios y la muerte no es más el fin de una existencia, sino el momento que la hace camino para la Resurrección.
Contemplemos hoy la Cruz de Jesús con silencio emocionado y reverente. Que el sufrimiento y la muerte del inocente Jesús y de tantos otros, no nuble el misterio de amor inconmensurable del Padre que en su hijo se entregó a la humanidad “nos amó y nos salvó” abriendo un nuevo capítulo de las historia que nos toca escribir a nosotros.
Para discernir
¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?
¿Qué pecados quiero crucificar en la Cruz de Cristo?
¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios, hacia personas concretas, siento hoy en comunión con el Crucificado?
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere un hombre fuera de la ciudad, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo. ¿Por qué se pregunta el pueblo que había puesto en el su esperanza? ¿Por qué… pregunta que late siempre cuando roza el dolor?
¿Por qué las victimas inocentes de la violencia bestial de los hombres? ¿Por qué la muerte de aquella persona indispensable para su familia? ¿Por qué ese pequeño ataúd con ese inocente que no llegó a conocer la vida? ¿Por qué la injusticia, el dolor sin culpa, las calumnias, el egoísmo desencadenado, las guerras, el odio racial, las masacres, los chicos deformes? Le exigimos a Dios que responda, que se justifique y sin embargo parece que callara y jugara con su silencio y nuestra espera.
Y este viernes Santo venimos a la cruz, trascendiendo toda razón lógica, buscando en ella lo que ni las palabras, ni los argumentos pueden contener. No venimos a contemplar un sufrimiento más grande que nos resigne, ni a presenciar un espectáculo macabro que nos distraiga de nuestro dolor.
Venimos y contemplamos a aquel que “para esto ha venido al mundo”, venimos y contemplamos al el "Rey de reyes y Señor de los señores" que como Siervo de Yahvé se nos presenta humillado y despreciado, varón de dolores, que ni siquiera tiene aspecto humano. Solidario con el pecado de la humanidad, pesan sobre él todos nuestros crímenes y entrega su vida para que poseamos la vida.
El Viernes Santo, desde su oscuridad y dolor es el día de la gran respuesta. Dios no ha venido a eliminar el dolor humano o a presentarnos un piadoso discurso sobre el sufrimiento. No nos da explicaciones, ha hecho algo más grande y más importante. Algo inexplicablemente divino. Ha venido a compartir, a participar, a cargar sobre sí el dolor de los hombres. Por eso lo que brilla con mayor esplendor en la cruz no es el pecado del hombre ni la cólera de Dios, sino su amor que no conoce medida.
El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”, logra su plenitud cuando en la cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también en función de nosotros. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas... para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Es la libertad que se hace don de amor y no la consecuencia de la debilidad. “Doy mi vida para recobrarla de nuevo... yo la doy voluntariamente”.
Mirando la cruz comprendemos su vida y mirando su vida comprendemos la cruz. Asumió la muerte del mismo modo que asumió la vida toda: con alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos. No buscó la cruz por la cruz. Predicó y vivió el amor y mostró lo que se necesita para que pueda haber amor.
Quien ama y sirve, no crea cruces para los demás, acepta y asume cruces: las propias y las ajenas. Anunció la buena nueva de la Vida y del Amor que transforma. Se entregó por ella y el mundo lo levantó en el madero de la cruz.
Sabía que se jugaba la vida y no temió perderla, prefirió ser consecuente antes que cobarde. Vivió apasionadamente y murió de la misma forma, en él todo fue pasión. Le perdió el respeto a la muerte y venció el temor que impide vivir con coraje el presente. Sólo se puede vivir con intensidad el momento presente cuando uno olvida los juicios, las historias, del pasado y deja de lado los prejuicios, las histerias y temores, del futuro. (El pasado es como el diario de ayer: se lee y luego se tira para que sea reciclado; no se pierde nada de el, pero no lo volvemos a leer, nos interesa en la medida en que es actualidad. Y el futuro es una novela por escribir, la iremos escribiendo poco a poco, página a página, es un quehacer, un porvenir que nos irá sorprendiendo en la medida en que lo vivamos. Lo que importa es el presente.) Cuando la nostalgia del pasado ocupa el puesto de la esperanza del futuro la crisis del presente está servida.
La cruz fue consecuencia de un anuncio nuevo y total. El no huyó, no contemporizó. Continuó amando, a pesar del odio. Fue crucificado por fidelidad a Dios y crucificado por los hombres y para los hombres por amor y fidelidad a los hombres.
Su dolor transfiguró el dolor y la condenación a muerte, haciéndolos un acto de libertad y de amor, un acceso posible a Dios y un nuevo vínculo con aquellos que lo rechazaban. “Padre no saben lo que hacen” Perdonó: la forma dolorosa del amor. “Te encomiendo mi espíritu”: total olvido de sí mismo en la entrega confiada a Aquel por quien se puede arriesgarlo todo. Perdón y confianza, las formas por las cuales no dejamos que el odio y la desesperación se queden con la última palabra.
Morir así confiado y entregado ya nos revela la resurrección, que es la plenitud de la Vida, presente dentro de la vida y de la muerte.
Morir así es vivir. Dentro de esta muerte de cruz hay una vida que no puede ser destruida. Ella está oculta dentro de la muerte. No viene después de la muerte. Está dentro de la vida de amor, de solidaridad y de coraje para soportar y de morir. La cruz es hora de pasión, pero también de glorificación. Pasión y resurrección, vida y muerte. Vivir y ser crucificado así por causa del amor, de la justicia y por causa de Dios, es vivir.
La muerte de Cristo no es sólo el morir de un hombre, es revelación del amor de Dios en el mundo; ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu.
¿Dónde está muerte tu victoria? Eso es la cruz: la señal del sufrimiento de los hombres que Dios recibe para cargar sobre sus espaldas. Dios se ha posesionado de todo dolor para abrirlo desde la resurrección a la esperanza. La última palabra siempre la tiene Dios y es palabra de triunfo.
Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. Sólo podemos afirmar esto de cara a la cruz, mirando hacia el Crucificado que ahora es el Viviente.
Es la gran paradoja de este día: el que muere como un esclavo es reconocido por la fe como el hombre nuevo que hace nuevas todas las cosas, con un nombre sobre todo nombre. En la cruz se entierra el pasado termina el imperio del pecado y de las tinieblas y comienza la era de la luz y de la vida.
Es la gran paradoja de este día. La muerte no es el límite; sino el trampolín, el reto para la vida y la libertad.
Es la gran paradoja de este día: la vida sirve para desvivirse en ella. La recobramos en la medida en que la perdemos, perderla es ganarla. Quien interpreta así la vida crece en libertad y puede ser fiel en cada instante de su existencia; sabe que lo puede ganar todo y no teme perder nada, porque nada pierde el que todo lo dio.
Es la gran paradoja de este día: la vida no se vende al mejor postor, sino que es de aquel que apuesta por ella. Quien vende su vida pierde su historia. Tan solo hay dos formas de ser y estar en este mundo: viviendo la vida o dejando que otros te la dicten y vivan. O como autor y actor de tu propia existencia o como un pasivo representante de la misma.
Es la gran paradoja de este día: la debilidad es fortaleza y la fortaleza es vulnerabilidad que nos hace permeables a ser amados y amar, orgullosos de sentirnos necesitados. En la cruz el amor auténtico ya fue probado y no será mera posibilidad humana, sino don fecundo de Dios y la muerte no es más el fin de una existencia, sino el momento que la hace camino para la Resurrección.
Contemplemos hoy la Cruz de Jesús con silencio emocionado y reverente. Que el sufrimiento y la muerte del inocente Jesús y de tantos otros, no nuble el misterio de amor inconmensurable del Padre que en su hijo se entregó a la humanidad “nos amó y nos salvó” abriendo un nuevo capítulo de las historia que nos toca escribir a nosotros.
Para discernir
¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?
¿Qué pecados quiero crucificar en la Cruz de Cristo?
¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios, hacia personas concretas, siento hoy en comunión con el Crucificado?
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reflexión,
Semana santa
Seguimos reflexionando...
LLAMADOS A SER TESTIGOS DEL CRUCIFICADO Y RESUCITADO
Entramos a la semana santa y la celebramos en un contexto y realidad particular que nos invita a preguntarnos y responder con seriedad y profundidad estas preguntas: ¿Quién es Cristo para mí?, ¿Soy Cristo para los demás?, ¿Son los demás Cristo para mí?
Ignacio de Loyola en la experiencia de los Ejercicios Espirituales nos invita a hacernos presentes a los misterios de la pasión de Jesús y a fijarnos y poner nuestra mirada en la persona de Jesús doliente y sufriente, y considerar lo que Cristo Nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer, según el hecho de la vida de Jesús que se contempla…y preguntarnos qué debo yo hacer y padecer por él.
El desafío y reto que tenemos es acompañar y estar cerca a Jesús y por tanto acompañar y estar cerca a los Cristos dolientes y sufrientes hoy. La tentación que nos asalta tanto de forma agresiva como sutil, es a huir y evitar toda situación que sea dolorosa y produzca cualquier tipo de sufrimiento en nuestra vida. Ante Cristo crucificado estamos llamados a situarnos frente al dolor y a aprender a acompañar y estar al lado de los que sufren más hoy. El dolor no es neutral. Hay que optar frente a él. Constatamos que existe un dolor cotidiano que nace de nuestras propias limitaciones y contingencias, y otro dolor causado y provocado por situaciones inhumanas de injusticia y de toda clase de violencia y que tiene causantes.
Vivimos en tensión entre lo que somos y lo que deseamos ser, entre lo que queremos hacer y lo que de hecho hacemos, y sentimos impotencia ante una realidad que no podemos cambiar. Este dolor se expresa en tristeza, miedo, aburrimiento, asco y ausencia de Dios, como sufrió Jesús en Getsemaní (Lucas 22,39-46).
Acompañar a Jesús en su dolor y en su pasión es propio del discípulo. Jesús estuvo siempre dispuesto a salir de si mismo frente a la necesidad y sufrimiento de los demás, especialmente de los pobres, enfermos, viudas, desposeídos y excluidos de su tiempo. Jesús siente y tiene compasión frente al hambre de la gente, se conmueve frente al dolor, acoge a los rechazados y se identifica con aquellos que más padecen todo clase de sufrimiento.
El seguimiento de Jesús pasa por la realidad de la cruz. El auténtico seguimiento tiene que ser lúcido y realista, pues significa seguir a Jesús pobre y humilde en el servicio y entrega solidaria a los pobres y humildes de nuestro pueblo.
El miedo frente a la realidad de la cruz nos puede paralizar. Jesús vivió la cruz en toda su desnudez y abandono. Experimentó en su propia existencia la palabra que dijo a sus discípulos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce fruto (Juan 12,24-25).
Pero la vida de Jesús no termina en la muerte, sino que Jesús triunfa sobre la muerte y resucita. Por eso nosotros estamos llamados a ser testigos del crucificado y del resucitado, considerando que el resucitado es el crucificado y que el crucificado resucita.
Feliz pascua de resurrección
Benjamín Crespo, S.J.
Director de Pastoral
Entramos a la semana santa y la celebramos en un contexto y realidad particular que nos invita a preguntarnos y responder con seriedad y profundidad estas preguntas: ¿Quién es Cristo para mí?, ¿Soy Cristo para los demás?, ¿Son los demás Cristo para mí?
Ignacio de Loyola en la experiencia de los Ejercicios Espirituales nos invita a hacernos presentes a los misterios de la pasión de Jesús y a fijarnos y poner nuestra mirada en la persona de Jesús doliente y sufriente, y considerar lo que Cristo Nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer, según el hecho de la vida de Jesús que se contempla…y preguntarnos qué debo yo hacer y padecer por él.
El desafío y reto que tenemos es acompañar y estar cerca a Jesús y por tanto acompañar y estar cerca a los Cristos dolientes y sufrientes hoy. La tentación que nos asalta tanto de forma agresiva como sutil, es a huir y evitar toda situación que sea dolorosa y produzca cualquier tipo de sufrimiento en nuestra vida. Ante Cristo crucificado estamos llamados a situarnos frente al dolor y a aprender a acompañar y estar al lado de los que sufren más hoy. El dolor no es neutral. Hay que optar frente a él. Constatamos que existe un dolor cotidiano que nace de nuestras propias limitaciones y contingencias, y otro dolor causado y provocado por situaciones inhumanas de injusticia y de toda clase de violencia y que tiene causantes.
Vivimos en tensión entre lo que somos y lo que deseamos ser, entre lo que queremos hacer y lo que de hecho hacemos, y sentimos impotencia ante una realidad que no podemos cambiar. Este dolor se expresa en tristeza, miedo, aburrimiento, asco y ausencia de Dios, como sufrió Jesús en Getsemaní (Lucas 22,39-46).
Acompañar a Jesús en su dolor y en su pasión es propio del discípulo. Jesús estuvo siempre dispuesto a salir de si mismo frente a la necesidad y sufrimiento de los demás, especialmente de los pobres, enfermos, viudas, desposeídos y excluidos de su tiempo. Jesús siente y tiene compasión frente al hambre de la gente, se conmueve frente al dolor, acoge a los rechazados y se identifica con aquellos que más padecen todo clase de sufrimiento.
El seguimiento de Jesús pasa por la realidad de la cruz. El auténtico seguimiento tiene que ser lúcido y realista, pues significa seguir a Jesús pobre y humilde en el servicio y entrega solidaria a los pobres y humildes de nuestro pueblo.
El miedo frente a la realidad de la cruz nos puede paralizar. Jesús vivió la cruz en toda su desnudez y abandono. Experimentó en su propia existencia la palabra que dijo a sus discípulos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce fruto (Juan 12,24-25).
Pero la vida de Jesús no termina en la muerte, sino que Jesús triunfa sobre la muerte y resucita. Por eso nosotros estamos llamados a ser testigos del crucificado y del resucitado, considerando que el resucitado es el crucificado y que el crucificado resucita.
Feliz pascua de resurrección
Benjamín Crespo, S.J.
Director de Pastoral
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